La torre de las ratas

De Victor Hugo, traducido por Esperanza Cobos.

 

 

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era la Maüsethurm.

 

Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas.

 

Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores.

 

Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó.

 

En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?»

 

Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo.

 

Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron vivo.

 

Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa.

 

¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra lo que quiere y conoce el resto.

 

Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero.

 

Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero un espectro.

 

Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada.

 

Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la imaginación.

 

Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas.

Se cierra el telón

—Quizá es que no me quieres.
—Te quiero.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo siento. Lo noto.
—¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
—Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
Ella mueve la cabeza, inquieta.
—¿Lo dices de verdad? Oh, Raúl, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?
—Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas.
Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
—¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
—Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podría engañarte? Me decepcionas.
—¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
—Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quiero.
—Oh, «te quiero», «te quiero»… Es muy fácil decir «te quiero».
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
—No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
—Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
—No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. —Hace una pausa. Contempla a Raúl y suspira—. A lo mejor tendría que creerte.
—¡Pues claro que tienes que creerme!
—Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
—Me aturdes.
—Perdona.
—Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con tus preguntas. Me hartas.
—Quizá es que no me quieres.

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Y se apagaron las luces del teatro. Y se cerró el telón y Raúl quedó pasmado en el proscenio mientras le agolpaban los aplausos del entregado público. No se dieron cuenta de que todavía estaba ahí, justo delante de ellos, sin poder mover un músculo de su cuerpo. Quedó exhausto y malherido. Seguramente si su pareja no fuera la actriz protagonista no sería tan duro. Tampoco sería tan real, claro.

 

Raúl volvió al escenario antes de que encendieran las luces de nuevo. Cuando entró vio como sus compañeros se abrazaban eufóricos. Todos estaban completamente satisfechos con el trabajo hecho y felicitaban sin parar a Maite. Había estado espectacular. Pasan los segundos y nadie felicitaba a Raúl. Al verse en la más absoluta de las soledades empezó a sentir una ansiedad que nunca antes había notado.

 

—¡Raúl! — Gritó el director de la obra totalmente entusiasmado mientras se acercaba a Daniel.

 

El director le dio la enhorabuena poniéndose de rodillas. Le pareció una actuación fantástica. Lo que no sabía, es que esa noche no había actuado. Raúl se había hartado de tanta parafernalia, de tanto amor y de tantos ‘te quiero’. El joven actor se disculpó con una media sonrisa en la cara y se fue a beber agua. No quería beber agua, quería ahogarse a base de bourbon.

 

—Cariño, prepárate que ahora salimos a saludar. Estuviste genial. Te quiero Dani.

—Sí, enseguida. Tú estuviste de muerte. Todo el mundo te adora.

 

Ella le dio un beso que acabó de hundir a Raúl. Un beso sin ningún ápice de amor. Sin ternura, ni pasión. Un beso que contenía altas dosis de euforia y éxito. No fue un beso de película, vaya. Lo peor de todo, es que Raúl notó que no fue un beso fingido y le tambalearon las piernas. Se le estaba cayendo el teatro y el mundo abajo.

 

—Salimos ya chicos, que sepáis antes de salir a que nos juzguen, que para mí, habéis hecho mierda de la buena. Sois grandes, Maite, eres enorme. ¡Vamos allá! —

 

El director siempre decía unas palabras de agradecimientos a todo el equipo antes de salir a saludar. Y de nuevo Maite volvía a llevarse la gloria y Raúl la pena. Se abrió el telón y salieron todos en una oleada perfecta cogidos de la mano, levantando la cabeza y haciendo reverencias al unísono. Todos menos Raúl, que se quedó absorto, con la mirada totalmente perdida. De repente el público se puso en pie, todos los actores habían dado un paso atrás quedándose en un primer plano Maite y Raúl. Ambos se miraron un instante y ella devolvió los aplausos con una reverencia perfecta mientras Raúl seguía petrificado. Un compañero de la compañía se acercó y cogió del brazo a Raúl y lo arrastró al segundo plano quedándose Maite como única protagonista de la noche.

 

A Raúl le consumió la tristeza en apenas esos instantes. Él la quería, pero no podía demostrarlo. No sabía cómo ni de qué manera podía convencerla de su condición de enamorado. No quería decepcionarla. Raúl podía notar la luz que desprendía Maite, podía notarla porque él había oscurecido. El actor se adelantó al vestuario a recoger su ropa y sus cosas. Se excusó por no ir a la cena de celebración de rigor diciendo que no se encontraba bien. Maite ni se percató de su ausencia.

Entrando a casa en un arrebato de locura, Raúl cogió el móvil y llamó a su novia.

—Quizá es que no me quieres. —Dijo Raúl intercambiando los papeles.

—Te quiero. —Contestó Maite.

—Déjalo, da igual Maite. Disfruta de la cena, no te esperaré despierto. Pero que sepas, que yo a ti, sí te quiero. — Improvisó Raúl hurgando en lo más hondo se su corazón.

—Lo sé, buenas noches. — Dijo Maite poniendo punto final a ese acto.

 

Desde hacía un tiempo Raúl vivía obsesionado con el tema. La obra le había hecho pensar demasiado. Pensaba que no era lo suficientemente bueno para Maite. Pensaba que él no la quería. Aunque después llegaba a la conclusión de que la amaba con toda su alma. Pero esa noche, Raúl lo vio todo cristalino. Maite no iba a volar nunca jamás si él no desaparecía de su vida. Tenía que marcharse y poner fin. Eso iba augurar el éxito de Maite.

 

Cogió el tríptico de la obra de teatro ‘La fe’ y se hizo con un rotulador. Justo debajo del título de la obra, escribió:

 

No es nada fácil decir te quiero. Te quiero. Quizá es que no me quieres. Pero yo sí, por eso será la última vez que te lo diga. No exactamente por ti, sino por mí, necesito saber hasta que punto te quiero, si es que realmente te quiero. Te quiero.

 

Maite volvió de madrugada, vio la nota en el suelo manchada de sangre y el cuerpo de Raúl colgando del techo. Gritó desgarrándose las cuerdas vocales. Gritó desesperada durante muchos minutos. Con la voz entrecortada y exhausta susurró un te quiero y se quedó esperando desconsolada que se cerrara el telón.

 

Carlos Sánchez Mateos

(El primer fragmento es un relato de Quim Monzó, titulado “La fe”.)

Ingeniero técnico en armonía

Yo era aquél que no más quería
un plato caliente y un jergón
donde yacer sin ruido, de forma sombría;
sin que despertase pena ni lástima;
que no quiero que se apiaden, que es mía,
mi vida es mía. Los sueños se acabaron
que nadie quiere a nadie, que nadie oye poesía.
Y me río, ¡me ha echado una moneda!

―¡Si soy ingeniero técnico en armonía!―

Si no soy pobre, si yo no pido
más que amar, dormir y comer;
nada más que ser aquél que de joven quería ser.

 

Anónimo

DISFRAZAR EL SILENCIO

― Y para acabar el meeting queridos compañeros, me gustaría dar las gracias a mi familia por el apoyo que me ha brindado siempre y sobretodo por el calor y los ánimos en esta recta final de campaña electoral. Mi hija Dolores y mi preciosa esposa Almudena. Gracias de todo corazón.― Todos se pusieron a aplaudir, como si yo fuera un dios o algo así.

― ¡Y recordad la frase maldita! Pude votar a PUDE, no lo hice y ahora me arrepiento. ¡Por una España mejor! ¡Votad a Partido Ultra Derecha Español! ― Y la marea de gente con camisetas azul oscuro y banderitas a juego empezó a rozar la locura.

Bajé del estrado y me adentré en el tumulto de gente. Pude sentir como varios de mis compañeros me abrazaban y me apretujaban las manos. Empecé a sentir el bochorno y entre la visión borrosa que tenía ante mis ojos pude destacar la figura de mi esposa al fondo del pasillo improvisado que habían preparado en un santiamén. Seguí con mi sonrisa falsa entre cantos y vítores hasta poder llegar a mi esposa. Le dí un rápido beso en la mejilla, le cogí la mano, la alcé y se la ofrecí a todo el mundo en señal de victoria. De repente, los cantos con cierto sentido de minutos antes se convirtieron en puro ruido. Aclamaban la victoria del sector conservador, ellos sí que eran auténticos fieles al partido.

― Recuerda Almudena que tengo una reunión con un colaborador del partido y llegaré tarde a casa. ― Le dije con la mente ya abstraída.

― Claro, como siempre. No te preocupes. Yo tengo trabajo aún en el bufete, nos vemos en casa.― Así se despidió, con su alegría habitual.

Salí deprisa del Polideportivo de Pozuelo de Alarcón acompañado de mis dos agentes de seguridad, nos esperaba el coche en el parking colindante al recinto. Me dirigía a Madrid capital, a un sitio llamado Disfraza el silencio. Durante el trayecto me aflojé la corbata y las imágenes se acumulaban sin cesar en mi cabeza. El afán conservador del partido. El afán conservador de mi familia. Las normas en educación y protocolo que yo mismo había impuesto en casa. Y lo tentador que resultaba ir a disfrazar el silencio cada semana. Sexo con límites. El límite de la careta para que no te reconozcan ni poder reconocer con quien mantienes relaciones sexuales. Y el límite del silencio. No se podía hablar. Sólo conversar a base de caricias prohibidas. Ya llegábamos.

Era un laberinto para entrar y no ser visto por nadie, sin embargo el edificio estaba dotado por fuertes medidas de seguridad, así que no había problemas. Me puse la careta de Spiderman y unos vaqueros cómodos que tenía la taquilla de mi vestuario individual y subí a la séptima planta. Allí me iba a encontrar con Marilyn Monroe. Y así fue, igual que los últimos cuatro jueves.

 

 

 

 

Llegué a casa pasadas las diez de la noche. Almudena estaba sentada en el salón viendo las noticias. Le pregunté dónde estaba Dolores, y me dijo que había ido a buscar a su amiga Olivia. No me acababa de convencer esa amiga suya, un poco hippie. Además contrasta con la de empresas que tiene su padre, que por cierto no colabora con PUDE. Me prometí no pensar más esa noche sobre política, religión o nada que se le parezca.

― Cariño, ¿quieres darle fiesta a la sirvienta y te hago yo la cena esta noche? ― Pregunté con aire de querer arreglar las cosas.

― Hola, ¿quién eres? Y lo más importante, ¿qué has hecho con mi marido, sí, ese fantasma que se disfraza de político durante el día y ni me mira por la noche? ― Contestó con ironía.

Hice oídos sordos y seguí los pasos de mi vida ordenada. Exceptuando lo de hacer yo mismo la cena claro. Estaba cogiendo unos huevos de la nevera para hacer revuelto de setas cuando llegaron Dolores y Olivia. Dije un ¿cómo están ustedes? a la altura de las circunstancias y la voz de mi hija soltó un el sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo genial con la naturaleza. Desvié un segundo la mirada de los huevos, me giré por completo y observé cómo mi hija llevaba una careta de Marilyn Monroe. Se me cayeron los huevos al suelo.

― Papá que soy yo, Dolores. ¡Que ya estoy en casa! ― Dijo mi hija riéndose ante el estropicio que acababa de hacer.

Volví a darme la vuelta, cogí el mocho para fregar la mancha del suelo y vomité. Estaba temblando, retorciéndome y susurrando cómo pude hacerlo, cómo pude hacerlo con los ojos desorbitados cuando me reanimó la voz de Almudena.

― ¿Cómo pude hacerlo? ¿El qué? Román, ¿qué te pasa? Vamos al médico. ― Dijo Almudena realmente preocupada.

― No, no. Ya me incorporo. Ha sido un día durísimo y Marilyn Monroe me ha atacado el corazón.― Dije balbuceando.

― Papá, es para la fiesta de disfraces que has organizado para tu cumpleaños. Es mañana por cierto, y Olivia me lo ha prestado encantada. Seguro que a la cúpula de PUDE le encantará, con mi vestido especial para la ocasión con esa falda larga pero con ganas de ascensión. ― Le hubiera arreado un bofetón, pero no tuve fuerzas.

Reorganizamos la cocina y la limpiamos en silencio. Pedimos pizza. No podía quitarme de la cabeza a Marilyn Monroe. El sentimiento de culpa se expandía veloz por todas las partes tangibles de mi cuerpo. Y si había partes intangibles también. Estaba completamente seguro que había tenido relaciones sexuales con la mejor amiga de mi hija. Podía adivinar ese cuerpo entre esa ropa desaliñada. No podía soportarlo más.

― Me gustaría decir unas palabras ahora que estamos aquí todos los que me importáis de verdad. Espero me perdonéis, no es nada fácil para mí decir esto y seguramente desembocará en una discusión terrible. Lo que quiero decir es que no voy a disfrazar el silencio nunca más, vaya, que soy liberal.

 

Carlos Sánchez Mateos

LOS SUEÑOS SE CUMPLEN HASTA QUE SE ROMPEN

Desperté en el escritorio de mi buhardilla, entre mis apuntes sin sentido y cientos de retales de periódicos desorganizados. La luz, desbordada entre las rendijas de la persiana, pedía a gritos libertad. Creo que yo también necesitaba ser libre. Necesitaba una varita mágica y reordenar todos los datos que había podido recopilar hasta ese momento. Sin embargo, necesitaba calma. Subí la persiana y la luz me aplastó la mirada. Abrí la ventana y salí al balcón a tientas. Pude sentir los cuarenta grados de temperatura en mis pies descalzos. Pude sentir como ardía mi cuerpo. Abrí los ojos y pude ver el mar. No podía fijarme en nada más. Sólo en el vaivén eterno. Perdí la mirada y me olvidé de todo lo demás, hasta que una avioneta sobrevoló el mar de mi querida La Cala del Moral. Era una avioneta amarilla y llevaba amarrada una pancarta enorme en la que se podía leer Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola. Y de repente desapareció, como si de un fantasma se tratase.

Me quedé a solas con mi pensamiento y caí enseguida. Entré en la buhardilla de un salto y en un santiamén puse toda la documentación en mi carpeta de la universidad. Cogí una mochila, puse la carpeta, el portátil y el libro Periodismo en el exilio y bajé las escaleras saltándolas de tres en tres. Me puse unos vaqueros rotos, la mejor camisa hawaiana que encontré y salí de casa. Mientras caminaba hacia la parada de bus, marqué el teléfono de mi madre con una rabia contenida que hasta a mí me impresionó. Hacía cinco años que no hablaba con ella, desde que me fui de casa con una mochila cargada de ilusión a mis dieciséis. Subí al autobús dirección Málaga temblando, con el móvil en la mano sin darle a la tecla llamada aún. Nunca había querido retomar el contacto con ella.

Durante esos años ella había intentado por todos los medios posibles contactar conmigo, pero no lo consiguió. Mi odio hacia mi madre recalaba principalmente en que mi padre murió cuando yo tenía doce años y justo al año siguiente entró John en casa. John era un empresario americano que tenía negocios en Abu Dhabi, era multimillonario vaya. Empecé a discutir con mi madre, y después también discutía con John. Era un horror de vida. La situación me obligó a encerrarme en mi habitación y me inventaba historias de aventura en los que los protagonistas eran mi padre y yo. Solían ser historias rocambolescas con un triste final. Cuando cumplí quince años, decidí dejar atrás tristezas para escribir realidades. Salía a la calle, paseaba por las calles de Pedregalejo, la urbanización malagueña donde nos habíamos mudado, y escribía todo cuanto veían mis ojos. Recuerdo que plasmé en papel historias de amor, de dolor. Recuerdo que escribí sobre los niños pijos y sus fantasías.

Tenía ante mí un abanico inmenso de historias y yo sólo las escribía. Hasta que escribí sobre un asesinato del que fui testigo. Después de darle mil vueltas, lo envié por correo a La opinión de Málaga. La crónica fue publicada, no sin antes ser retocada y bien documentada, al cabo de una semana. Y vinieron los interrogatorios. Y vinieron las amenazas. Y mi madre y John se hartaron de tanta histeria y me dieron la espalda. No hacía más que repetirle a mi madre la necesidad que tenía de contar cosas. Que era un don, una vocación y otras cosas que mi madre parecía no entender. Pero me abandonaron en mi habitación, en silencio. En vez de hundirme, todo lo ocurrido me hizo fuerte, me preparé la mochila con mis relatos y mis crónicas, ropa, y poco más y me planté en la cocina frente a mi madre y le dije sin más, que iba a cumplir mi sueño. Entre tanto llanto desesperado recuerdo su última frase, los sueños se cumplen hasta que se rompen. John en cambio, me puso mil euros en el bolsillo y un cheque de diez mil euros en la mochila. Y salí de casa para no volver nunca más.

Lo que vino después es sencillo de explicar. La familia de una amiga de La Cala del Moral me acogió durante dos años. Y en cuanto acabé el bachillerato me fui a Madrid, a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense. Mis primeros tres años estudiaba y colaboraba en varios periódicos. Aunque no lo hacía por dinero, nunca me faltó dinero en la cuenta, John ya se debía encargar de ello, pues recibía transferencias mensualmente. En mi último año en la facultad, me entregué al completo a la tesis. Fue mi profesora Sonia Garrido quien me proporcionó el tema. Debía analizar la historia del periodismo a través de la figura de un periodista llamado Álvaro Soldado. Después de mucho trabajo de documentación en Madrid, decidí alquilar durante dos o tres semanas un adosado en La Cala del Moral, muy cerca de donde había vivido años atrás. Ese lugar siempre me dio frescura, hogar y aliento cuando no lo tenía. Era lo que necesitaba para poner en orden mi tesis.

Pude trabajar a destajo, sin parar hasta redactar la tesis a la perfección paseando por los distintos paisajes que ofreció en vida Álvaro Soldado. Sin embargo, más allá de la tesis, había algo en la vida de Álvaro Soldado que se alejaba de la percepción del periodismo. Busqué en su autobiografía Periodismo en el exilio algo que pudiera iluminarme sin éxito. No obstante, el libro ofrecía señales luminosas, pero que yo no podía esclarecer, no lo entendía. Hasta el Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola.

 

—Siguiente parada, Pedregalejo. —Sonó por el altavoz.

 

Volviendo en sí con el aviso, llamé a mi madre.

 

—Mamá, llego a casa en diez minutos. —Colgué sin darle tiempo a réplica.

 

Bajé del autobús y rompí a llorar. Sólo había llorado cuando mi padre murió. Pero no pude contener mis lágrimas volviendo a casa con el libro que podía cambiarme la vida entre mis manos. Llegué a casa y la puerta estaba abierta, no me dio tiempo a saludar pues mi madre se lanzó sobre mí fundiéndose en un abrazo inconmensurable. Yo también necesitaba ese abrazo. Después del forcejeo emocional, le pregunté a mi madre si sabía algo de Álvaro Soldado. Y rompió a llorar.

 

— Es tu tío, Marcos. Álvaro Soldado es tu tío. Mi hermano. — Dijo mi madre con seguridad.

 

Lo mejor de Álvaro Soldado era cómo sentía su profesión y cómo nunca la traicionó. Lo mejor de Álvaro Soldado estaba dentro de mí, claro. Mi intuición me llevó a casa para escuchar el relato que aclaraba todas mis dudas. Escuché con atención la historia de mi tío Álvaro Soldado. La historia de mi tío Roberto Guardado realmente. De cómo fue machacado por la opinión pública cuarenta años atrás. De cómo fracasó en el punto más álgido de su carrera periodística, siendo el número uno.  Escuché cómo John, amigo de mi tío antes de conocer a mi madre le pagó una cara operación de cirugía estética para que viajara a Inglaterra y probara suerte de nuevo en el periodismo. Todos los éxitos que tuvo Soldado una vez en Inglaterra los tengo marcados en mi cabeza y en mi tesis. Fue un relato demoledor, con miles de preguntas por mi parte. Me enfadé muchísimo, quería haber sabido esta historia mucho antes. Supe que la debacle de mi tío como periodista en España tuvo que ver con Sonia Garrido con la que creí compartir ilusiones y esperanza para un nuevo periodismo.

Con el rostro serio y cansado abandoné la casa de mi madre, no le prometí que volvería. Ya en el autobús llamé a Sonia y le dije algo así cómo que me había defraudado como profesora, que no iba a entregar la tesis y que no esperara que volviera a la facultad, le dije algo así como que los sueños se cumplen hasta que se rompen.