Cuando el corazón no sabe hablar

Horas ante una blanca pared,

horas con un papel entre mis dedos.

Días, semanas y ningún garabato

cruza el ancho folio.

Pasa el tiempo y el papel sigue vacío, inmaculado.

            Llenarlo, ¿Cómo?

Yo quisiera describirte,

mostrarte ante el mundo,

            yo quisiera poseer ese don

            para llevar; orgulloso, al viento

y al sol; tu poesía.

Pero mi corazón, o mi espíritu, ¿no lo sé?

Todavía no saben hablar

            y lo único que hacen es mirarte.

Como mira una gota de agua en el mar,

como mira una letra a un libro,

            como, entre el gentío,

                        te miro a ti.

 

Te querré para siempre

LN, 1967.

 

 

Entre el certificado médico de defunción y la licencia para dar sepultura al cadáver de mi madre y muchos documentos más apareció el poema y no pude evitar tomarme un respiro y leerlo. Con una vez no tuve suficiente y lo releí, y con lágrimas pausadas y casi sin respiración me dispuse a hablar con mi padre.

― ¿Papá, te suenan las siglas LN? ¿Te recuerdan a alguien?

― Leopoldo Navarrete, un amigo de infancia, pero vete tu a saber. ¿Por qué no dejas todo eso para mañana y descansas? Por hoy hemos tenido suficiente Lucas. ­― Dijo mi padre, abatido pero con bastante nerviosismo en sus vocales.

Volví a la mesa y mientras me fumaba un cigarrillo reordenando los papeles se me agolparon las imágenes en mis retinas. El tío Leonardo, de Navarra. O eso me decía siempre mi madre. Al tío Leonardo lo estuve viendo casi a diario hasta mis dieciocho. Estuvo en mi comunión, en mi confirmación y hasta en mi graduación. Siempre se portó muy bien conmigo, y justo cuando la edad adulta llamaba a mi puerta y empezaba a entender qué significaba todo, se fue.

 

Recuerdo que mi madre me prohibió mencionar al tío Leonardo delante de mi padre, no recuerdo muy buen cual fue la excusa pero le hice caso como en la mayoría de sus ruegos. Pero a mis cuarenta y cinco años y mi madre recién fallecida no tenía intención de ahogar mis preguntas en mi conciencia. De una vez por todas estaba dispuesto a escuchar la verdad. Abrí una botella de bourbon, puse un par de hielos en cada copa, y solté esa frase que nunca antes salió de mi boca.

―Papá, es momento de hablar.

 

Mi padre me explicó todo. Empezó relatándome los momentos duros de la posguerra y como sus familias, la suya y la de mi madre, tuvieron que emigrar de Andalucía en busca de una vida mejor y fueron a parar a Sabadell, donde hacía falta mano de obra para la industria, sobre todo la textil. Me explicó cómo lentamente el papel de la mujer trabajadora se hacía más fuerte en la sociedad, y cómo mi madre poco a poco empezó a cobrar protagonismo entre las masas. Hasta que se convirtió en un ejemplo a seguir por el pueblo y se introdujo en política.

 

Recuerdo que mi padre siempre fue más pragmático en todos estos asuntos. Sus ascensos laborales y su buen hacer por la empresa le llevó pronto a inmiscuirse en una multinacional. Pronto consiguió un buen cargo y empezó a viajar por todo el mundo montando fábricas y desmontando su esencia juvenil hasta convertirse en un nuevo rico que sólo miraba por su familia económicamente, o eso me parecía.

 

Mi padre se acabó la copa casi de un trago. Mientras carraspeaba se echó más bourbon y prosiguió con su historia de la verdad. Me contó que a la vuelta de su primer viaje largo a Japón mi madre ya era una persona distinta.

― Lo que viene siendo una intelectual de la época, Lucas. Con sus poesías, con sus ideas revolucionarias, con su parafernalia.

Según mi padre, mi madre desarrolló un trastorno en su cabeza. No obstante, se casaron, pues estaban prometidos y esas cosas eran sagradas en esos tiempos. La boda del murciano rico y de Ana, la pensadora. Así me contó que titularon el evento en los periódicos. Me explicó que aunque nuestros orígenes fueran andaluces, siempre nos llamaron murcianos a la mayoría de inmigrantes de Cataluña; dando siempre detalles históricos mi padre que le hacían interesante.

 

Se bebió una tercera copa y más que dolor, su cara reflejaba una rabia que nunca antes había visto en él. Me explicó que a la vuelta de un segundo viaje mucho más largo, en esa ocasión estuvo un año fuera de casa, mi madre estaba embarazada. Mientras confirmaba mis sospechas de adolescente, no pude ver un ápice de dolor en su rostro. Sólo pude notar como sus nudillos se apretaban y se acuchillaban y como casi se le salen los ojos de las órbitas. Me explicó que consiguió el mejor doctor para que le realizaran un aborto, ese hijo no iba a ser digno. Según mi padre el doctor le confirmó lo que esperaba, y es que con total seguridad, el niño o niña iba a salir con algún tipo de deficiencia. Además, el embarazo ya estaba muy avanzado y había muchas probabilidades de que la madre pudiera perder la vida.

 

En ese momento, fui yo quien sirvió dos copas más derramando lágrimas sin parar. Mi padre indagó con su poderío económico quien era el culpable de aquella afrenta pero no fue capaz de encontrar al verdadero culpable. Durante los veintidós años siguientes me explicó que sólo venía una vez al año, para encargarse de los gastos de mi enfermedad, para que tuviera la mejor silla de ruedas, para que tuviera las mejores enfermeras y que nunca me faltara de nada. No pude rebatirle nada pues mi voz se había ahogado en un whisky sin fondo. Y de repente se le rompió el vaso en las manos, y me contó que vino para mi graduación y fue entonces cuando vio a Leopoldo Navarrete.

 

Me dijo que esperó en el coche, que lo siguió cuando acabó de despedirse de mí y acto siguiente lo atropelló.

Me explicó que no se avergonzaba de lo que había hecho, que se lo tenía bien merecido. Que con dinero quedó todo arreglado menos mi madre. Me explicó que hacía apenas un par de días encontró ese poema que yo había leído ahora hace un rato y que habló con mi madre. Que según mi madre nos había arruinado la vida, me dijo que ella siempre había sospechado de él. Que le explicó el engranaje que había montado para que yo nunca supiera nada de este tema, que yo no conocía a Leopoldo Navarrete, que yo conocía al tío Leonardo y que yo era feliz.

 

Me explicó que se sintió amenazado, me explicó que se sintió como si de entre el gentío le estuvieran señalando a él. Como si ya no hubiera marcha atrás, como si nunca pasarán años suficientes para que el polvo se asiente. Me explicó que de la furia que sentía, la mató. Que la aprisionó con la almohada hasta ahogarla, hasta que ya no pudo gritar, ni susurrar.

 

Deseé poder levantarme y correr y desaparecer. Pero no pude, así que con mi destreza habitual di un volantazo a las ruedas de mi silla para girar y coger el teléfono para poder utilizar mi teléfono. Pero mi padre me detuvo y sacó una pistola de su bolsillo trasero. Dijo que no era necesario que me molestara en llamar a la policía, que todo había terminado.

 

Se disparó, se suicidó. Pero mi corazón, o mi espíritu, ¿no lo sé? Todavía no sabían hablar y lo único que hice fue mirar y llenar este papel, antes inmaculado, y ahora manchado de una historia de mi sangre en el que yo fui un mero espectador.

 

 

Carlos Sánchez

Sueños desvanecidos

Siempre me ha entusiasmado la idea de empezar un relato con el érase una vez, no obstante el lector perspicaz ya se habrá dado cuenta de que no ha sido así. De esto se trata, de las promesas que no se llegan a cumplir, de los deseos que se detienen en un ceda el paso a la praxis y al olvido.

El olvido
La página en blanco
Los sueños desvanecidos

Los sueños nacen inherentes a la persona humana. No busco fama. No busco riqueza. No soy materialista. Suena bien, ¿No? Suena de puta madre. Pero detrás de estas concepciones morales ideales, sólo hay pocas personas que puedan presumir de ellas. Y yo no me considero de los afortunados. Pero sí sueño en convertirme en algo puro. Escribir humo espiritual, crecer y perecer. Sin embargo, escribo cenizas de fanfarrón, ceniceros que se asoman al abismo para lanzar las colillas y de paso la palabrería al vacío.

El abismo
Palabrería al vacío
Los sueños desvanecidos

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