Nuevo deporte

Y en un abrir y cerrar de ojos desaparecen todas las imágenes. Durante un tiempo no hay nada, sólo una boya y algo me impide nadar hacia ella. Lo hacen otros por mí, busco mi espacio y mi tempo y se que aún no estoy listo. Requiere sacrificio y una gran convicción dicen. Yo acepto con mi media sonrisa a sabiendas que algún día lo conseguiré. Que alcanzaré la excelencia, que me convertiré en mejor persona, que encontraré esa felicidad, ahora difusa y perdida. Que me sumaré a este nuevo deporte y remaré, juro que remaré.

Cuando el corazón no sabe hablar

Horas ante una blanca pared,

horas con un papel entre mis dedos.

Días, semanas y ningún garabato

cruza el ancho folio.

Pasa el tiempo y el papel sigue vacío, inmaculado.

            Llenarlo, ¿Cómo?

Yo quisiera describirte,

mostrarte ante el mundo,

            yo quisiera poseer ese don

            para llevar; orgulloso, al viento

y al sol; tu poesía.

Pero mi corazón, o mi espíritu, ¿no lo sé?

Todavía no saben hablar

            y lo único que hacen es mirarte.

Como mira una gota de agua en el mar,

como mira una letra a un libro,

            como, entre el gentío,

                        te miro a ti.

 

Te querré para siempre

LN, 1967.

 

 

Entre el certificado médico de defunción y la licencia para dar sepultura al cadáver de mi madre y muchos documentos más apareció el poema y no pude evitar tomarme un respiro y leerlo. Con una vez no tuve suficiente y lo releí, y con lágrimas pausadas y casi sin respiración me dispuse a hablar con mi padre.

― ¿Papá, te suenan las siglas LN? ¿Te recuerdan a alguien?

― Leopoldo Navarrete, un amigo de infancia, pero vete tu a saber. ¿Por qué no dejas todo eso para mañana y descansas? Por hoy hemos tenido suficiente Lucas. ­― Dijo mi padre, abatido pero con bastante nerviosismo en sus vocales.

Volví a la mesa y mientras me fumaba un cigarrillo reordenando los papeles se me agolparon las imágenes en mis retinas. El tío Leonardo, de Navarra. O eso me decía siempre mi madre. Al tío Leonardo lo estuve viendo casi a diario hasta mis dieciocho. Estuvo en mi comunión, en mi confirmación y hasta en mi graduación. Siempre se portó muy bien conmigo, y justo cuando la edad adulta llamaba a mi puerta y empezaba a entender qué significaba todo, se fue.

 

Recuerdo que mi madre me prohibió mencionar al tío Leonardo delante de mi padre, no recuerdo muy buen cual fue la excusa pero le hice caso como en la mayoría de sus ruegos. Pero a mis cuarenta y cinco años y mi madre recién fallecida no tenía intención de ahogar mis preguntas en mi conciencia. De una vez por todas estaba dispuesto a escuchar la verdad. Abrí una botella de bourbon, puse un par de hielos en cada copa, y solté esa frase que nunca antes salió de mi boca.

―Papá, es momento de hablar.

 

Mi padre me explicó todo. Empezó relatándome los momentos duros de la posguerra y como sus familias, la suya y la de mi madre, tuvieron que emigrar de Andalucía en busca de una vida mejor y fueron a parar a Sabadell, donde hacía falta mano de obra para la industria, sobre todo la textil. Me explicó cómo lentamente el papel de la mujer trabajadora se hacía más fuerte en la sociedad, y cómo mi madre poco a poco empezó a cobrar protagonismo entre las masas. Hasta que se convirtió en un ejemplo a seguir por el pueblo y se introdujo en política.

 

Recuerdo que mi padre siempre fue más pragmático en todos estos asuntos. Sus ascensos laborales y su buen hacer por la empresa le llevó pronto a inmiscuirse en una multinacional. Pronto consiguió un buen cargo y empezó a viajar por todo el mundo montando fábricas y desmontando su esencia juvenil hasta convertirse en un nuevo rico que sólo miraba por su familia económicamente, o eso me parecía.

 

Mi padre se acabó la copa casi de un trago. Mientras carraspeaba se echó más bourbon y prosiguió con su historia de la verdad. Me contó que a la vuelta de su primer viaje largo a Japón mi madre ya era una persona distinta.

― Lo que viene siendo una intelectual de la época, Lucas. Con sus poesías, con sus ideas revolucionarias, con su parafernalia.

Según mi padre, mi madre desarrolló un trastorno en su cabeza. No obstante, se casaron, pues estaban prometidos y esas cosas eran sagradas en esos tiempos. La boda del murciano rico y de Ana, la pensadora. Así me contó que titularon el evento en los periódicos. Me explicó que aunque nuestros orígenes fueran andaluces, siempre nos llamaron murcianos a la mayoría de inmigrantes de Cataluña; dando siempre detalles históricos mi padre que le hacían interesante.

 

Se bebió una tercera copa y más que dolor, su cara reflejaba una rabia que nunca antes había visto en él. Me explicó que a la vuelta de un segundo viaje mucho más largo, en esa ocasión estuvo un año fuera de casa, mi madre estaba embarazada. Mientras confirmaba mis sospechas de adolescente, no pude ver un ápice de dolor en su rostro. Sólo pude notar como sus nudillos se apretaban y se acuchillaban y como casi se le salen los ojos de las órbitas. Me explicó que consiguió el mejor doctor para que le realizaran un aborto, ese hijo no iba a ser digno. Según mi padre el doctor le confirmó lo que esperaba, y es que con total seguridad, el niño o niña iba a salir con algún tipo de deficiencia. Además, el embarazo ya estaba muy avanzado y había muchas probabilidades de que la madre pudiera perder la vida.

 

En ese momento, fui yo quien sirvió dos copas más derramando lágrimas sin parar. Mi padre indagó con su poderío económico quien era el culpable de aquella afrenta pero no fue capaz de encontrar al verdadero culpable. Durante los veintidós años siguientes me explicó que sólo venía una vez al año, para encargarse de los gastos de mi enfermedad, para que tuviera la mejor silla de ruedas, para que tuviera las mejores enfermeras y que nunca me faltara de nada. No pude rebatirle nada pues mi voz se había ahogado en un whisky sin fondo. Y de repente se le rompió el vaso en las manos, y me contó que vino para mi graduación y fue entonces cuando vio a Leopoldo Navarrete.

 

Me dijo que esperó en el coche, que lo siguió cuando acabó de despedirse de mí y acto siguiente lo atropelló.

Me explicó que no se avergonzaba de lo que había hecho, que se lo tenía bien merecido. Que con dinero quedó todo arreglado menos mi madre. Me explicó que hacía apenas un par de días encontró ese poema que yo había leído ahora hace un rato y que habló con mi madre. Que según mi madre nos había arruinado la vida, me dijo que ella siempre había sospechado de él. Que le explicó el engranaje que había montado para que yo nunca supiera nada de este tema, que yo no conocía a Leopoldo Navarrete, que yo conocía al tío Leonardo y que yo era feliz.

 

Me explicó que se sintió amenazado, me explicó que se sintió como si de entre el gentío le estuvieran señalando a él. Como si ya no hubiera marcha atrás, como si nunca pasarán años suficientes para que el polvo se asiente. Me explicó que de la furia que sentía, la mató. Que la aprisionó con la almohada hasta ahogarla, hasta que ya no pudo gritar, ni susurrar.

 

Deseé poder levantarme y correr y desaparecer. Pero no pude, así que con mi destreza habitual di un volantazo a las ruedas de mi silla para girar y coger el teléfono para poder utilizar mi teléfono. Pero mi padre me detuvo y sacó una pistola de su bolsillo trasero. Dijo que no era necesario que me molestara en llamar a la policía, que todo había terminado.

 

Se disparó, se suicidó. Pero mi corazón, o mi espíritu, ¿no lo sé? Todavía no sabían hablar y lo único que hice fue mirar y llenar este papel, antes inmaculado, y ahora manchado de una historia de mi sangre en el que yo fui un mero espectador.

 

 

Carlos Sánchez

Sueños desvanecidos

Siempre me ha entusiasmado la idea de empezar un relato con el érase una vez, no obstante el lector perspicaz ya se habrá dado cuenta de que no ha sido así. De esto se trata, de las promesas que no se llegan a cumplir, de los deseos que se detienen en un ceda el paso a la praxis y al olvido.

El olvido
La página en blanco
Los sueños desvanecidos

Los sueños nacen inherentes a la persona humana. No busco fama. No busco riqueza. No soy materialista. Suena bien, ¿No? Suena de puta madre. Pero detrás de estas concepciones morales ideales, sólo hay pocas personas que puedan presumir de ellas. Y yo no me considero de los afortunados. Pero sí sueño en convertirme en algo puro. Escribir humo espiritual, crecer y perecer. Sin embargo, escribo cenizas de fanfarrón, ceniceros que se asoman al abismo para lanzar las colillas y de paso la palabrería al vacío.

El abismo
Palabrería al vacío
Los sueños desvanecidos

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El sillón color Marrón Camel

Recuerdo el sillón color Marrón Camel donde esperaba a mi padre a que llegara de trabajar. Recuerdo que cabía perfectamente si encogía las piernas y colocaba las palmas de mis manos bajo mi cabeza, recostado. Recuerdo como se enfadaba mi madre cuando no le hacía caso alguno a sus indicaciones para ir a la cama. Recuerdo que quería esperarlo, en el sillón color Marrón Camel.

Recuerdo. El sillón. Color Marrón. Camellos bailando en el salón. No recuerdo nada más. Sueños.

Amanecía en la cama y no recuerdo cómo había ido del sillón a mi dormitorio. Recuerdo que me despertaba siempre con miedo. Intentaba no hacer ruido, pero encendía todas las luces habidas y por haber hasta llegar a la habitación de mis padres. Recuerdo como abría muy despacio la puerta y cómo dejaba de roncar mi padre de repente. Corría en silencio hasta el salón y de un salto me tumbaba en el sillón color Marrón Camel y me tapaba con la manta y cerraba los ojos y esperaba a mi padre.

Recuerdo. Hijo, a dormir a la cama, venga. Recuerdo sus dedos color Marrón Tabaco. Me recuerdo apagando las luces a hombros de mi padre con una sonrisa en mi boca. Recuerdo. Hijo, duerme, te quiero.

Y recuerdo cómo deseaba que pasara rápido el día para poder esperar a mi padre en el sillón color Marrón Camel.

colorcamel

 

Carlos Sánchez Mateos

Cocina de autor

madalenas

Hoy de postre toca madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido.

Leí la nota que dejó mi padre en la nevera, y rompí a llorar. Justo ese día se cumplían cinco años de la muerte de mi madre y a mi padre se le ocurría soltar una gilipollez culinaria. Se había marchado antes que yo de casa porque tenía una entrevista de trabajo para entrar de chef en un importante restaurante con una estrella Michelín. Habían dejado de importarme las motivaciones de mi padre, las inquietudes de la cocina de autor y todo lo que conllevaban las críticas y el faranduleo. Sólo me interesaba sacarme la carrera de magisterio y poder llegar a fin de mes con mis trabajos como modelo, o con lo que fuere.

Salí a la calle con aires de diva, con mis gafas knockaround nuevas y mi paso elegante y firme, sin un ápice de sensibilidad en mis gestos. Me detuve en una de las panaderías que hay en la rambla Sant Antoni y entré con decisión a pedir un minibocadillo integral.

― ¿Qué le pongo?
― Mierda, me he quedado en blanco.
― No tengo todo el día chica.
― Madalenas, póngame madalenas, un par, por favor.

Salí a la calle de nuevo con la mente en blanco, como si tuviera un gran lago desértico en el fondo del cerebro. Se me había olvidado qué iba a pedir y me encontraba con dos madalenas recién hechas en la mano. Recordé las intenciones de mi padre en cuanto al postre se refiere y no pude comérmelas, las guardé en el bolso para tirarlas después. Mientras caminaba en busca del metro sonó mi móvil, era un mensaje de mi amiga Claudia.

― Winnie the Pooh se ha ido a buscar miel por el Bosque de las Cien Acres.
― ¡Qué diantres dices piva!
― Coño, pues eso, que no vengas que Winnie The Pooh hoy no viene a dar la clase, acabo de recibir una notificación en el mail.
― ¿Quién es Winnie The Pooh?
― ¿Me estás tomando el pelo? Le pusiste tú el mote al tierno y cariñoso profesor Cavallé.
― ¡Ah! ¿Sí? Alucino.
― Estás perdiendo la memoria o te estás haciendo la tonta. ¿Tomamos café?
― No, aprovecharé para hacer algo que tengo pendiente. Nos vemos.
― Nos vemos, estás rarísima Clara.

Di media vuelta y volví a casa cuando de repente mi lago desértico empezó a llenarse de imágenes y recuerdos de felicidad. La euforia se apoderó de mí y volví dando pequeños saltos de alegría, a trancas con el corazón sorteando los barrancos que surgían por doquier. Llamé a mi padre.

― Papá, os voy a preparar la mejor sorpresa del mundo, me siento muy feliz y sois los mejores padres del mundo. No tardes, os espero en casa. ¡Besitos acaramelados!

No dejé lugar a réplica, y me puse manos a la obra. Llegué a casa y con una energía desbocada dejé mis bártulos y complementos tirados en mi cama, me puse el delantal de flores de mi madre que estaba colgado en la galería y empecé a prepararlo todo. El ruido de la lavadora me molestaba y empecé a cantar siempre que vuelves a casa me pillas en la cocina embadurnada de harina con las manos en la masa de Joaquín Sabina. Seguí al pie de la letra una de las recetas que mi padre guardaba para ocasiones especiales y al cabo de dos horas tenía preparado un tartar de pepino con ostras, crema de calabaza y caviar secundado por salmón a la plancha relleno de Mascarpone y espárragos trigueros. No sabía qué hacer de postre cuando sonó mi móvil, era mi padre.

― ¿Clara?
― Papá no tardes, que mamá debe estar al llegar, está todo preparado.
― Hija, mamá…
― Mamá siempre te va a perdonar, siempre y cuando sigas siendo el mejor padre del mundo y traigas felicidad a casa. Así que deja a tus ayudantes que se encarguen este mediodía del restaurante, y ven con un ramo de rosas. ¡Me haré la sorprendida! ¡Besos acaramelados!

Le colgué. Tenía que preparar el postre, pero antes puse el cava en el congelador y entonces vi la receta estrella enganchada en la nevera, el postre que sería la guinda final a una gran experiencia gastronómica y de reconciliación. Iba a elaborar madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido. Y me quedó de cine, un menú digno del mejor chef de Barcelona. Volvió a sonar el móvil, esta vez era un mensaje de mi padre.

― Clara, amor mío, estoy asustado por como te estás comportando hoy, aún no me han entrevistado, estoy esperando. En cuanto salga de aquí voy volando para casa. Ya sé que tal día como hoy murió mama. Nos levantaremos y comenzaremos de nuevo. Espérame, no tardaré.

Rompí a llorar, empecé a temblar. No sabía que ocurría, ni que hacía con un delantal de flores cuando yo nunca en mi vida había cocinado. Cientos de imágenes se esfumaron y los colores se fueron disipando hasta llegar a un gris tenue. El silencio me irritó y aún temblando puse en marcha la lavadora, su música me embriagó y por inercia me comí las madalenas con la esperanza de llenar de nuevo ese lago desértico, ahora trasladado al corazón.

Ir y quedarse

Ir y quedarse y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer del cielo y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir pues resta sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.

Lope de Vega

La torre de las ratas

De Victor Hugo, traducido por Esperanza Cobos.

 

 

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era la Maüsethurm.

 

Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas.

 

Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores.

 

Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó.

 

En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?»

 

Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo.

 

Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron vivo.

 

Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa.

 

¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra lo que quiere y conoce el resto.

 

Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero.

 

Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero un espectro.

 

Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada.

 

Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la imaginación.

 

Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas.

Se cierra el telón

—Quizá es que no me quieres.
—Te quiero.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo siento. Lo noto.
—¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
—Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
Ella mueve la cabeza, inquieta.
—¿Lo dices de verdad? Oh, Raúl, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?
—Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas.
Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
—¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
—Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podría engañarte? Me decepcionas.
—¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
—Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quiero.
—Oh, «te quiero», «te quiero»… Es muy fácil decir «te quiero».
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
—No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
—Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
—No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. —Hace una pausa. Contempla a Raúl y suspira—. A lo mejor tendría que creerte.
—¡Pues claro que tienes que creerme!
—Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
—Me aturdes.
—Perdona.
—Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con tus preguntas. Me hartas.
—Quizá es que no me quieres.

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Y se apagaron las luces del teatro. Y se cerró el telón y Raúl quedó pasmado en el proscenio mientras le agolpaban los aplausos del entregado público. No se dieron cuenta de que todavía estaba ahí, justo delante de ellos, sin poder mover un músculo de su cuerpo. Quedó exhausto y malherido. Seguramente si su pareja no fuera la actriz protagonista no sería tan duro. Tampoco sería tan real, claro.

 

Raúl volvió al escenario antes de que encendieran las luces de nuevo. Cuando entró vio como sus compañeros se abrazaban eufóricos. Todos estaban completamente satisfechos con el trabajo hecho y felicitaban sin parar a Maite. Había estado espectacular. Pasan los segundos y nadie felicitaba a Raúl. Al verse en la más absoluta de las soledades empezó a sentir una ansiedad que nunca antes había notado.

 

—¡Raúl! — Gritó el director de la obra totalmente entusiasmado mientras se acercaba a Daniel.

 

El director le dio la enhorabuena poniéndose de rodillas. Le pareció una actuación fantástica. Lo que no sabía, es que esa noche no había actuado. Raúl se había hartado de tanta parafernalia, de tanto amor y de tantos ‘te quiero’. El joven actor se disculpó con una media sonrisa en la cara y se fue a beber agua. No quería beber agua, quería ahogarse a base de bourbon.

 

—Cariño, prepárate que ahora salimos a saludar. Estuviste genial. Te quiero Dani.

—Sí, enseguida. Tú estuviste de muerte. Todo el mundo te adora.

 

Ella le dio un beso que acabó de hundir a Raúl. Un beso sin ningún ápice de amor. Sin ternura, ni pasión. Un beso que contenía altas dosis de euforia y éxito. No fue un beso de película, vaya. Lo peor de todo, es que Raúl notó que no fue un beso fingido y le tambalearon las piernas. Se le estaba cayendo el teatro y el mundo abajo.

 

—Salimos ya chicos, que sepáis antes de salir a que nos juzguen, que para mí, habéis hecho mierda de la buena. Sois grandes, Maite, eres enorme. ¡Vamos allá! —

 

El director siempre decía unas palabras de agradecimientos a todo el equipo antes de salir a saludar. Y de nuevo Maite volvía a llevarse la gloria y Raúl la pena. Se abrió el telón y salieron todos en una oleada perfecta cogidos de la mano, levantando la cabeza y haciendo reverencias al unísono. Todos menos Raúl, que se quedó absorto, con la mirada totalmente perdida. De repente el público se puso en pie, todos los actores habían dado un paso atrás quedándose en un primer plano Maite y Raúl. Ambos se miraron un instante y ella devolvió los aplausos con una reverencia perfecta mientras Raúl seguía petrificado. Un compañero de la compañía se acercó y cogió del brazo a Raúl y lo arrastró al segundo plano quedándose Maite como única protagonista de la noche.

 

A Raúl le consumió la tristeza en apenas esos instantes. Él la quería, pero no podía demostrarlo. No sabía cómo ni de qué manera podía convencerla de su condición de enamorado. No quería decepcionarla. Raúl podía notar la luz que desprendía Maite, podía notarla porque él había oscurecido. El actor se adelantó al vestuario a recoger su ropa y sus cosas. Se excusó por no ir a la cena de celebración de rigor diciendo que no se encontraba bien. Maite ni se percató de su ausencia.

Entrando a casa en un arrebato de locura, Raúl cogió el móvil y llamó a su novia.

—Quizá es que no me quieres. —Dijo Raúl intercambiando los papeles.

—Te quiero. —Contestó Maite.

—Déjalo, da igual Maite. Disfruta de la cena, no te esperaré despierto. Pero que sepas, que yo a ti, sí te quiero. — Improvisó Raúl hurgando en lo más hondo se su corazón.

—Lo sé, buenas noches. — Dijo Maite poniendo punto final a ese acto.

 

Desde hacía un tiempo Raúl vivía obsesionado con el tema. La obra le había hecho pensar demasiado. Pensaba que no era lo suficientemente bueno para Maite. Pensaba que él no la quería. Aunque después llegaba a la conclusión de que la amaba con toda su alma. Pero esa noche, Raúl lo vio todo cristalino. Maite no iba a volar nunca jamás si él no desaparecía de su vida. Tenía que marcharse y poner fin. Eso iba augurar el éxito de Maite.

 

Cogió el tríptico de la obra de teatro ‘La fe’ y se hizo con un rotulador. Justo debajo del título de la obra, escribió:

 

No es nada fácil decir te quiero. Te quiero. Quizá es que no me quieres. Pero yo sí, por eso será la última vez que te lo diga. No exactamente por ti, sino por mí, necesito saber hasta que punto te quiero, si es que realmente te quiero. Te quiero.

 

Maite volvió de madrugada, vio la nota en el suelo manchada de sangre y el cuerpo de Raúl colgando del techo. Gritó desgarrándose las cuerdas vocales. Gritó desesperada durante muchos minutos. Con la voz entrecortada y exhausta susurró un te quiero y se quedó esperando desconsolada que se cerrara el telón.

 

Carlos Sánchez Mateos

(El primer fragmento es un relato de Quim Monzó, titulado “La fe”.)

Ingeniero técnico en armonía

Yo era aquél que no más quería
un plato caliente y un jergón
donde yacer sin ruido, de forma sombría;
sin que despertase pena ni lástima;
que no quiero que se apiaden, que es mía,
mi vida es mía. Los sueños se acabaron
que nadie quiere a nadie, que nadie oye poesía.
Y me río, ¡me ha echado una moneda!

―¡Si soy ingeniero técnico en armonía!―

Si no soy pobre, si yo no pido
más que amar, dormir y comer;
nada más que ser aquél que de joven quería ser.

 

Anónimo

DISFRAZAR EL SILENCIO

― Y para acabar el meeting queridos compañeros, me gustaría dar las gracias a mi familia por el apoyo que me ha brindado siempre y sobretodo por el calor y los ánimos en esta recta final de campaña electoral. Mi hija Dolores y mi preciosa esposa Almudena. Gracias de todo corazón.― Todos se pusieron a aplaudir, como si yo fuera un dios o algo así.

― ¡Y recordad la frase maldita! Pude votar a PUDE, no lo hice y ahora me arrepiento. ¡Por una España mejor! ¡Votad a Partido Ultra Derecha Español! ― Y la marea de gente con camisetas azul oscuro y banderitas a juego empezó a rozar la locura.

Bajé del estrado y me adentré en el tumulto de gente. Pude sentir como varios de mis compañeros me abrazaban y me apretujaban las manos. Empecé a sentir el bochorno y entre la visión borrosa que tenía ante mis ojos pude destacar la figura de mi esposa al fondo del pasillo improvisado que habían preparado en un santiamén. Seguí con mi sonrisa falsa entre cantos y vítores hasta poder llegar a mi esposa. Le dí un rápido beso en la mejilla, le cogí la mano, la alcé y se la ofrecí a todo el mundo en señal de victoria. De repente, los cantos con cierto sentido de minutos antes se convirtieron en puro ruido. Aclamaban la victoria del sector conservador, ellos sí que eran auténticos fieles al partido.

― Recuerda Almudena que tengo una reunión con un colaborador del partido y llegaré tarde a casa. ― Le dije con la mente ya abstraída.

― Claro, como siempre. No te preocupes. Yo tengo trabajo aún en el bufete, nos vemos en casa.― Así se despidió, con su alegría habitual.

Salí deprisa del Polideportivo de Pozuelo de Alarcón acompañado de mis dos agentes de seguridad, nos esperaba el coche en el parking colindante al recinto. Me dirigía a Madrid capital, a un sitio llamado Disfraza el silencio. Durante el trayecto me aflojé la corbata y las imágenes se acumulaban sin cesar en mi cabeza. El afán conservador del partido. El afán conservador de mi familia. Las normas en educación y protocolo que yo mismo había impuesto en casa. Y lo tentador que resultaba ir a disfrazar el silencio cada semana. Sexo con límites. El límite de la careta para que no te reconozcan ni poder reconocer con quien mantienes relaciones sexuales. Y el límite del silencio. No se podía hablar. Sólo conversar a base de caricias prohibidas. Ya llegábamos.

Era un laberinto para entrar y no ser visto por nadie, sin embargo el edificio estaba dotado por fuertes medidas de seguridad, así que no había problemas. Me puse la careta de Spiderman y unos vaqueros cómodos que tenía la taquilla de mi vestuario individual y subí a la séptima planta. Allí me iba a encontrar con Marilyn Monroe. Y así fue, igual que los últimos cuatro jueves.

 

 

 

 

Llegué a casa pasadas las diez de la noche. Almudena estaba sentada en el salón viendo las noticias. Le pregunté dónde estaba Dolores, y me dijo que había ido a buscar a su amiga Olivia. No me acababa de convencer esa amiga suya, un poco hippie. Además contrasta con la de empresas que tiene su padre, que por cierto no colabora con PUDE. Me prometí no pensar más esa noche sobre política, religión o nada que se le parezca.

― Cariño, ¿quieres darle fiesta a la sirvienta y te hago yo la cena esta noche? ― Pregunté con aire de querer arreglar las cosas.

― Hola, ¿quién eres? Y lo más importante, ¿qué has hecho con mi marido, sí, ese fantasma que se disfraza de político durante el día y ni me mira por la noche? ― Contestó con ironía.

Hice oídos sordos y seguí los pasos de mi vida ordenada. Exceptuando lo de hacer yo mismo la cena claro. Estaba cogiendo unos huevos de la nevera para hacer revuelto de setas cuando llegaron Dolores y Olivia. Dije un ¿cómo están ustedes? a la altura de las circunstancias y la voz de mi hija soltó un el sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo genial con la naturaleza. Desvié un segundo la mirada de los huevos, me giré por completo y observé cómo mi hija llevaba una careta de Marilyn Monroe. Se me cayeron los huevos al suelo.

― Papá que soy yo, Dolores. ¡Que ya estoy en casa! ― Dijo mi hija riéndose ante el estropicio que acababa de hacer.

Volví a darme la vuelta, cogí el mocho para fregar la mancha del suelo y vomité. Estaba temblando, retorciéndome y susurrando cómo pude hacerlo, cómo pude hacerlo con los ojos desorbitados cuando me reanimó la voz de Almudena.

― ¿Cómo pude hacerlo? ¿El qué? Román, ¿qué te pasa? Vamos al médico. ― Dijo Almudena realmente preocupada.

― No, no. Ya me incorporo. Ha sido un día durísimo y Marilyn Monroe me ha atacado el corazón.― Dije balbuceando.

― Papá, es para la fiesta de disfraces que has organizado para tu cumpleaños. Es mañana por cierto, y Olivia me lo ha prestado encantada. Seguro que a la cúpula de PUDE le encantará, con mi vestido especial para la ocasión con esa falda larga pero con ganas de ascensión. ― Le hubiera arreado un bofetón, pero no tuve fuerzas.

Reorganizamos la cocina y la limpiamos en silencio. Pedimos pizza. No podía quitarme de la cabeza a Marilyn Monroe. El sentimiento de culpa se expandía veloz por todas las partes tangibles de mi cuerpo. Y si había partes intangibles también. Estaba completamente seguro que había tenido relaciones sexuales con la mejor amiga de mi hija. Podía adivinar ese cuerpo entre esa ropa desaliñada. No podía soportarlo más.

― Me gustaría decir unas palabras ahora que estamos aquí todos los que me importáis de verdad. Espero me perdonéis, no es nada fácil para mí decir esto y seguramente desembocará en una discusión terrible. Lo que quiero decir es que no voy a disfrazar el silencio nunca más, vaya, que soy liberal.

 

Carlos Sánchez Mateos