Cocina de autor

madalenas

Hoy de postre toca madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido.

Leí la nota que dejó mi padre en la nevera, y rompí a llorar. Justo ese día se cumplían cinco años de la muerte de mi madre y a mi padre se le ocurría soltar una gilipollez culinaria. Se había marchado antes que yo de casa porque tenía una entrevista de trabajo para entrar de chef en un importante restaurante con una estrella Michelín. Habían dejado de importarme las motivaciones de mi padre, las inquietudes de la cocina de autor y todo lo que conllevaban las críticas y el faranduleo. Sólo me interesaba sacarme la carrera de magisterio y poder llegar a fin de mes con mis trabajos como modelo, o con lo que fuere.

Salí a la calle con aires de diva, con mis gafas knockaround nuevas y mi paso elegante y firme, sin un ápice de sensibilidad en mis gestos. Me detuve en una de las panaderías que hay en la rambla Sant Antoni y entré con decisión a pedir un minibocadillo integral.

― ¿Qué le pongo?
― Mierda, me he quedado en blanco.
― No tengo todo el día chica.
― Madalenas, póngame madalenas, un par, por favor.

Salí a la calle de nuevo con la mente en blanco, como si tuviera un gran lago desértico en el fondo del cerebro. Se me había olvidado qué iba a pedir y me encontraba con dos madalenas recién hechas en la mano. Recordé las intenciones de mi padre en cuanto al postre se refiere y no pude comérmelas, las guardé en el bolso para tirarlas después. Mientras caminaba en busca del metro sonó mi móvil, era un mensaje de mi amiga Claudia.

― Winnie the Pooh se ha ido a buscar miel por el Bosque de las Cien Acres.
― ¡Qué diantres dices piva!
― Coño, pues eso, que no vengas que Winnie The Pooh hoy no viene a dar la clase, acabo de recibir una notificación en el mail.
― ¿Quién es Winnie The Pooh?
― ¿Me estás tomando el pelo? Le pusiste tú el mote al tierno y cariñoso profesor Cavallé.
― ¡Ah! ¿Sí? Alucino.
― Estás perdiendo la memoria o te estás haciendo la tonta. ¿Tomamos café?
― No, aprovecharé para hacer algo que tengo pendiente. Nos vemos.
― Nos vemos, estás rarísima Clara.

Di media vuelta y volví a casa cuando de repente mi lago desértico empezó a llenarse de imágenes y recuerdos de felicidad. La euforia se apoderó de mí y volví dando pequeños saltos de alegría, a trancas con el corazón sorteando los barrancos que surgían por doquier. Llamé a mi padre.

― Papá, os voy a preparar la mejor sorpresa del mundo, me siento muy feliz y sois los mejores padres del mundo. No tardes, os espero en casa. ¡Besitos acaramelados!

No dejé lugar a réplica, y me puse manos a la obra. Llegué a casa y con una energía desbocada dejé mis bártulos y complementos tirados en mi cama, me puse el delantal de flores de mi madre que estaba colgado en la galería y empecé a prepararlo todo. El ruido de la lavadora me molestaba y empecé a cantar siempre que vuelves a casa me pillas en la cocina embadurnada de harina con las manos en la masa de Joaquín Sabina. Seguí al pie de la letra una de las recetas que mi padre guardaba para ocasiones especiales y al cabo de dos horas tenía preparado un tartar de pepino con ostras, crema de calabaza y caviar secundado por salmón a la plancha relleno de Mascarpone y espárragos trigueros. No sabía qué hacer de postre cuando sonó mi móvil, era mi padre.

― ¿Clara?
― Papá no tardes, que mamá debe estar al llegar, está todo preparado.
― Hija, mamá…
― Mamá siempre te va a perdonar, siempre y cuando sigas siendo el mejor padre del mundo y traigas felicidad a casa. Así que deja a tus ayudantes que se encarguen este mediodía del restaurante, y ven con un ramo de rosas. ¡Me haré la sorprendida! ¡Besos acaramelados!

Le colgué. Tenía que preparar el postre, pero antes puse el cava en el congelador y entonces vi la receta estrella enganchada en la nevera, el postre que sería la guinda final a una gran experiencia gastronómica y de reconciliación. Iba a elaborar madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido. Y me quedó de cine, un menú digno del mejor chef de Barcelona. Volvió a sonar el móvil, esta vez era un mensaje de mi padre.

― Clara, amor mío, estoy asustado por como te estás comportando hoy, aún no me han entrevistado, estoy esperando. En cuanto salga de aquí voy volando para casa. Ya sé que tal día como hoy murió mama. Nos levantaremos y comenzaremos de nuevo. Espérame, no tardaré.

Rompí a llorar, empecé a temblar. No sabía que ocurría, ni que hacía con un delantal de flores cuando yo nunca en mi vida había cocinado. Cientos de imágenes se esfumaron y los colores se fueron disipando hasta llegar a un gris tenue. El silencio me irritó y aún temblando puse en marcha la lavadora, su música me embriagó y por inercia me comí las madalenas con la esperanza de llenar de nuevo ese lago desértico, ahora trasladado al corazón.

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