Se cierra el telón

—Quizá es que no me quieres.
—Te quiero.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo siento. Lo noto.
—¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
—Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
Ella mueve la cabeza, inquieta.
—¿Lo dices de verdad? Oh, Raúl, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?
—Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas.
Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
—¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
—Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podría engañarte? Me decepcionas.
—¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
—Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quiero.
—Oh, «te quiero», «te quiero»… Es muy fácil decir «te quiero».
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
—No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
—Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
—No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. —Hace una pausa. Contempla a Raúl y suspira—. A lo mejor tendría que creerte.
—¡Pues claro que tienes que creerme!
—Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
—Me aturdes.
—Perdona.
—Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con tus preguntas. Me hartas.
—Quizá es que no me quieres.

______________________________________________

 

 

Y se apagaron las luces del teatro. Y se cerró el telón y Raúl quedó pasmado en el proscenio mientras le agolpaban los aplausos del entregado público. No se dieron cuenta de que todavía estaba ahí, justo delante de ellos, sin poder mover un músculo de su cuerpo. Quedó exhausto y malherido. Seguramente si su pareja no fuera la actriz protagonista no sería tan duro. Tampoco sería tan real, claro.

 

Raúl volvió al escenario antes de que encendieran las luces de nuevo. Cuando entró vio como sus compañeros se abrazaban eufóricos. Todos estaban completamente satisfechos con el trabajo hecho y felicitaban sin parar a Maite. Había estado espectacular. Pasan los segundos y nadie felicitaba a Raúl. Al verse en la más absoluta de las soledades empezó a sentir una ansiedad que nunca antes había notado.

 

—¡Raúl! — Gritó el director de la obra totalmente entusiasmado mientras se acercaba a Daniel.

 

El director le dio la enhorabuena poniéndose de rodillas. Le pareció una actuación fantástica. Lo que no sabía, es que esa noche no había actuado. Raúl se había hartado de tanta parafernalia, de tanto amor y de tantos ‘te quiero’. El joven actor se disculpó con una media sonrisa en la cara y se fue a beber agua. No quería beber agua, quería ahogarse a base de bourbon.

 

—Cariño, prepárate que ahora salimos a saludar. Estuviste genial. Te quiero Dani.

—Sí, enseguida. Tú estuviste de muerte. Todo el mundo te adora.

 

Ella le dio un beso que acabó de hundir a Raúl. Un beso sin ningún ápice de amor. Sin ternura, ni pasión. Un beso que contenía altas dosis de euforia y éxito. No fue un beso de película, vaya. Lo peor de todo, es que Raúl notó que no fue un beso fingido y le tambalearon las piernas. Se le estaba cayendo el teatro y el mundo abajo.

 

—Salimos ya chicos, que sepáis antes de salir a que nos juzguen, que para mí, habéis hecho mierda de la buena. Sois grandes, Maite, eres enorme. ¡Vamos allá! —

 

El director siempre decía unas palabras de agradecimientos a todo el equipo antes de salir a saludar. Y de nuevo Maite volvía a llevarse la gloria y Raúl la pena. Se abrió el telón y salieron todos en una oleada perfecta cogidos de la mano, levantando la cabeza y haciendo reverencias al unísono. Todos menos Raúl, que se quedó absorto, con la mirada totalmente perdida. De repente el público se puso en pie, todos los actores habían dado un paso atrás quedándose en un primer plano Maite y Raúl. Ambos se miraron un instante y ella devolvió los aplausos con una reverencia perfecta mientras Raúl seguía petrificado. Un compañero de la compañía se acercó y cogió del brazo a Raúl y lo arrastró al segundo plano quedándose Maite como única protagonista de la noche.

 

A Raúl le consumió la tristeza en apenas esos instantes. Él la quería, pero no podía demostrarlo. No sabía cómo ni de qué manera podía convencerla de su condición de enamorado. No quería decepcionarla. Raúl podía notar la luz que desprendía Maite, podía notarla porque él había oscurecido. El actor se adelantó al vestuario a recoger su ropa y sus cosas. Se excusó por no ir a la cena de celebración de rigor diciendo que no se encontraba bien. Maite ni se percató de su ausencia.

Entrando a casa en un arrebato de locura, Raúl cogió el móvil y llamó a su novia.

—Quizá es que no me quieres. —Dijo Raúl intercambiando los papeles.

—Te quiero. —Contestó Maite.

—Déjalo, da igual Maite. Disfruta de la cena, no te esperaré despierto. Pero que sepas, que yo a ti, sí te quiero. — Improvisó Raúl hurgando en lo más hondo se su corazón.

—Lo sé, buenas noches. — Dijo Maite poniendo punto final a ese acto.

 

Desde hacía un tiempo Raúl vivía obsesionado con el tema. La obra le había hecho pensar demasiado. Pensaba que no era lo suficientemente bueno para Maite. Pensaba que él no la quería. Aunque después llegaba a la conclusión de que la amaba con toda su alma. Pero esa noche, Raúl lo vio todo cristalino. Maite no iba a volar nunca jamás si él no desaparecía de su vida. Tenía que marcharse y poner fin. Eso iba augurar el éxito de Maite.

 

Cogió el tríptico de la obra de teatro ‘La fe’ y se hizo con un rotulador. Justo debajo del título de la obra, escribió:

 

No es nada fácil decir te quiero. Te quiero. Quizá es que no me quieres. Pero yo sí, por eso será la última vez que te lo diga. No exactamente por ti, sino por mí, necesito saber hasta que punto te quiero, si es que realmente te quiero. Te quiero.

 

Maite volvió de madrugada, vio la nota en el suelo manchada de sangre y el cuerpo de Raúl colgando del techo. Gritó desgarrándose las cuerdas vocales. Gritó desesperada durante muchos minutos. Con la voz entrecortada y exhausta susurró un te quiero y se quedó esperando desconsolada que se cerrara el telón.

 

Carlos Sánchez Mateos

(El primer fragmento es un relato de Quim Monzó, titulado “La fe”.)