LA LUCHA

Me adentré en ella sin pensarlo. Su belleza iba más allá de la pura estética. Su vida pausada y familiar me cautivó, siempre ofrecía su sonrisa adulta y veraz incluso a quién no la merecía. Era un encanto. Me enamoré. Quedé impregnado de su amor, tanto, que quise arrebatárselo. Mi talento eufórico le ganó. Mi victoria era sólo cuestión de tiempo. Mi poesía engalanada le llenó el alma, y mis besos le dejaron casi sin aliento. Su marido empezó a sospechar, pues el apetito sexual disminuyó considerablemente. El bronceado lunático empezó a asomarse al son de sus rarezas. Le quité el sueño, hasta convertirla en mía, sólo mía. Su marido y sus hijas empezaron a extrañarse, pues la felicidad que trasmitía María era ya sólo un recuerdo. La seduje de tal manera que ya sólo quería hacer las maletas, abandonar a su familia y acompañarme en mi largo viaje. El llanto desesperado de su marido la conmovió. María no derramó ni una sola lágrima y se abrazó a él. Miró a las niñas, podía palpar la ternura en sus caras. Asintió, triste. Deshizo las maletas y prometió luchar por su familia. Mantuvo el contacto conmigo durante mucho tiempo, siendo esquiva pero comprendiéndome. Yo la quise, la quiero, la querré siempre. Pero decidió luchar, luchó y venció. La sonrisa brilló para siempre, quedándome a mí un amargo sabor. Decidió vivir y vivió. Me superó.
Para todas las mujeres que han superado con valor el cáncer de mama, y para las que no lo superaron pero lucharon con fuerza hasta el final.
Carlos Sánchez Mateos