LA LUCHA

Me adentré en ella sin pensarlo. Su belleza iba más allá de la pura estética. Su vida pausada y familiar me cautivó, siempre ofrecía su sonrisa adulta y veraz incluso a quién no la merecía. Era un encanto. Me enamoré. Quedé impregnado de su amor, tanto, que quise arrebatárselo. Mi talento eufórico le ganó. Mi victoria era sólo cuestión de tiempo. Mi poesía engalanada le llenó el alma, y mis besos le dejaron casi sin aliento. Su marido empezó a sospechar, pues el apetito sexual disminuyó considerablemente. El bronceado lunático empezó a asomarse al son de sus rarezas. Le quité el sueño, hasta convertirla en mía, sólo mía. Su marido y sus hijas empezaron a extrañarse, pues la felicidad que trasmitía María era ya sólo un recuerdo. La seduje de tal manera que ya sólo quería hacer las maletas, abandonar a su familia y acompañarme en mi largo viaje. El llanto desesperado de su marido la conmovió. María no derramó ni una sola lágrima y se abrazó a él. Miró a las niñas, podía palpar la ternura en sus caras. Asintió, triste. Deshizo las maletas y prometió luchar por su familia. Mantuvo el contacto conmigo durante mucho tiempo, siendo esquiva pero comprendiéndome. Yo la quise, la quiero, la querré siempre. Pero decidió luchar, luchó y venció. La sonrisa brilló para siempre, quedándome a mí un amargo sabor. Decidió vivir y vivió. Me superó.
Para todas las mujeres que han superado con valor el cáncer de mama, y para las que no lo superaron pero lucharon con fuerza hasta el final.
Carlos Sánchez Mateos
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El círculo

Y el círculo se estiró y se quebrantó y quedó libre y expuesto para siempre.

El silencio y su síndrome antisocial ayudaron a engordar su desespero. Salió de la oficina y tomó el mismo camino de siempre a casa. Siete minutos cabizbajo con la mirada perdida y cargado con una mochila llena de sensaciones tristes. Su pelo desaliñado y sus andares extraños le hacían hueco entre las gentes, que le esquivaban. Llegó a casa cansado. Llamar a posibles clientes para vender posgrados online de diez a tres destroza físicamente. Se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. Revisó el contestador. No hay mensajes. Pi Pi Pi Pi Pi.

Salió a la terraza y quitó las cervezas medio vacías de la noche anterior. Abrió el frigorífico. No había más cerveza. No había nada. Se acordó que tenía aún una botella de vino, de la última visita de su padre. La descorchó, se sirvió, se bebió la copa y se encendió un cigarrillo y encendió su portátil. Inicio. Click. Programas. Click. Microsoft Office. Click. Microsoft Word. Click. La página en blanco. Mierda. ¿Crear un documento nuevo? No. La página en blanco le maltrataba el estómago, la cabeza y el corazón. Se había prometido esa mañana romper con el presente, hacer un retorno al pasado para construirse un futuro. Se sirvió otra copa de vino, peleón por cierto, y consumió otro cigarrillo. Necesitaba escribir humo espiritual, crecer y perecer. Necesitaba lanzar la palabrería al vacío, llenar el espacio que ahora ocupaban retorcidas sus colillas. Se bebió otra copa de vino y peleó consigo mismo, se lo había prometido. Tiró la copa de cristal al suelo. Los pedazos afilados le recordaron que aún era sensible. La sangre derramada le hizo esbozar por fin una sonrisa. Observó un minuto más la página en blanco mientras asumía ese dolor tan curioso. Y, por fin, escribió:

Y el círculo se estiró y se quebrantó y quedó libre y expuesto para siempre.

Carlos Sánchez Mateos (@csmateos)