EL HORIZONTE

Hoy no me apetece escribir, no me sale, no puedo. Pero sí recordar lo que en tiempo pasado era mi humilde literatura. Ahí os dejo, el premio de las letras de la Salle Reus de 2005. 

Domingo. Parece ser que el viento ha cesado de momento. Los enhiestos árboles que observo desde mi humilde buhardilla dejan de vacilar para encontrar el equilibrio, la paz. A lo lejos, se vislumbra el eterno beso entre el cielo y la mar. ¿Están realmente enamorados? Me aventuraría a decir que los años han hecho de este beso eterno una costumbre, maldita costumbre: el horizonte.
Lunes. La cama sin hacer. Abro la ventana y salgo al balcón, me da un escalofrío. El castillo de Vilafortuny sigue ahí, dando un toque elegante a la zona. Un jardín a la sombra de los pinos donde antaño se consumó el amor. Para las parejas, sigue siendo un lugar melancólico, de desahogo. Pájaros que visten con sus cantos todos los rincones de mi alma. Alzo la vista. Dichoso horizonte.
Martes. Noche de tormenta. Las gotas caen a plomo, sin cesar. Oscuridad. Permanezco quieto, arropado sin temor. Pasan las horas, nada ha cambiado. El incesante ruido empieza a molestarme, a ser impertinente. No hay luz. Salgo de la cama, pero mi visión es nula. Podría tropezar con cualquier cosa… Un rayo. Un instante. Entre las rendijas de la persiana. Sí. Otra vez. El horizonte.
Miércoles. ¿Sólo me queda la resignación? Me asombra la debilidad del hombre. El ser incapaz de luchar. ¿Soy el único que ve lo que estoy viendo? No oigo vuestra respuesta. Hacédmelo saber. Sí. Quiero saber qué proporción de locura y cordura poseo. La mar, con sus impulsos diarios, olas, acercándose a la orilla… ¿Por qué debe haber siempre un retroceso? Ahí. En el horizonte.
Jueves. Me he enamorado de algo incorpóreo. La mar. La cojo, pero se me escapa de las manos una y otra vez. Frescura, alivio cuando la noto… Desesperación en su ausencia. Presencia, ausencia. ¿Realmente vale la pena? Lo desconozco. Extraño mundo el que me rodea. No soy nada para él. No soy nada para nadie. Minimizado me siento al notar esta fuerza inalcanzable… El horizonte.
Viernes. Caminando en línea recta, como si fuese a una gran fiesta… me río de mí, sarcasmo. Ganas de llorar, me hundo. Intentando cerrar heridas. ¿Quién tiene el antídoto? Dímelo tú. Y sigo pisando cristales cortantes, punzantes. Cristales que agudizan el dolor… el rastro de mi amada que se borra casi con total seguridad. Soy un simple adolescente, muriendo. Por el horizonte.
Sábado. Desaparecen los agudos sonidos penetrantes. La razón ya convivía con eso. Desaparece también ese paraíso. Sí. Un paraíso en el que un romance era posible. ¿Un sueño quizás? Diciendo de este modo un último adiós… quedándose un amargo sabor. Cuando se intenta beber de mi amada, la mar. Una mar salada. Amargo, pero dulce a la vez… me estoy ahogando en ti.
Carlos Sánchez