El círculo

Y el círculo se estiró y se quebrantó y quedó libre y expuesto para siempre.

El silencio y su síndrome antisocial ayudaron a engordar su desespero. Salió de la oficina y tomó el mismo camino de siempre a casa. Siete minutos cabizbajo con la mirada perdida y cargado con una mochila llena de sensaciones tristes. Su pelo desaliñado y sus andares extraños le hacían hueco entre las gentes, que le esquivaban. Llegó a casa cansado. Llamar a posibles clientes para vender posgrados online de diez a tres destroza físicamente. Se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. Revisó el contestador. No hay mensajes. Pi Pi Pi Pi Pi.

Salió a la terraza y quitó las cervezas medio vacías de la noche anterior. Abrió el frigorífico. No había más cerveza. No había nada. Se acordó que tenía aún una botella de vino, de la última visita de su padre. La descorchó, se sirvió, se bebió la copa y se encendió un cigarrillo y encendió su portátil. Inicio. Click. Programas. Click. Microsoft Office. Click. Microsoft Word. Click. La página en blanco. Mierda. ¿Crear un documento nuevo? No. La página en blanco le maltrataba el estómago, la cabeza y el corazón. Se había prometido esa mañana romper con el presente, hacer un retorno al pasado para construirse un futuro. Se sirvió otra copa de vino, peleón por cierto, y consumió otro cigarrillo. Necesitaba escribir humo espiritual, crecer y perecer. Necesitaba lanzar la palabrería al vacío, llenar el espacio que ahora ocupaban retorcidas sus colillas. Se bebió otra copa de vino y peleó consigo mismo, se lo había prometido. Tiró la copa de cristal al suelo. Los pedazos afilados le recordaron que aún era sensible. La sangre derramada le hizo esbozar por fin una sonrisa. Observó un minuto más la página en blanco mientras asumía ese dolor tan curioso. Y, por fin, escribió:

Y el círculo se estiró y se quebrantó y quedó libre y expuesto para siempre.

Carlos Sánchez Mateos (@csmateos)

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Oxímoron olvidado

El calor sofocante le ocasionaba problemas en su comportamiento. El subconsciente a menudo ponía en peligro la existencia de lo ya conocido. El vacío acumulado había llegado ya a su límite. Los focos no hacían más que iluminar las partes más oscuras de su alma. La desesperación se relamía los labios, no esperó demasiado en actuar. La rabia contenida aullaba a ratos. La sociedad le señalaba sin cesar. Su núcleo familiar también, faltaría más. El insomnio se adueñaba de él una vez más. A tientas se arrastraba entre tanta suciedad. El tiempo se detuvo esperando la resolución. Señalado por la gracia de Dios. Mentira. Señalado por la gracia del corazón. Se subió al tren de la vida por enésima vez. Dejando atrás miserias. Olvidando romances en los alcantarillados. Resurgiendo del humo más letal para respirar aire puro y limpio.

Para olvidar los oximorons que nos acompañan a diario.

BUCÉFALA Y RIGOBERTO

Érase una vez y érase para siempre. Siempre esperas algo inesperado, aunque ya, lo inesperado sería tener que esperar. Érase la vida que se encontró en repetidas ocasiones sin aliento. Aunque no duró siempre. Resultó necesario y crucial el encuentro, de los dos extraños hasta la fecha, claro. Allá dónde se desorbitó la cantidad, se telefoneó a la calidad. Allá donde la tristeza se adueñó del lugar, vino al trote y al galope la felicidad. Allá dónde flotaban dos cuadrados, se formó un círculo perfecto: sin brechas, y curando heridas de otros tiempos. Allá dónde se fallaban los penaltis, ahora se marcan por la escuadra. Allá dónde se derramaban lágrimas por alguna batalla perdida, ahora se celebran grandes victorias.

Érase una vez, Bucéfala y Rigoberto, bicicletas con el distintivo de viajar juntos, y érase para siempre.

EL HORIZONTE

Hoy no me apetece escribir, no me sale, no puedo. Pero sí recordar lo que en tiempo pasado era mi humilde literatura. Ahí os dejo, el premio de las letras de la Salle Reus de 2005. 

Domingo. Parece ser que el viento ha cesado de momento. Los enhiestos árboles que observo desde mi humilde buhardilla dejan de vacilar para encontrar el equilibrio, la paz. A lo lejos, se vislumbra el eterno beso entre el cielo y la mar. ¿Están realmente enamorados? Me aventuraría a decir que los años han hecho de este beso eterno una costumbre, maldita costumbre: el horizonte.
Lunes. La cama sin hacer. Abro la ventana y salgo al balcón, me da un escalofrío. El castillo de Vilafortuny sigue ahí, dando un toque elegante a la zona. Un jardín a la sombra de los pinos donde antaño se consumó el amor. Para las parejas, sigue siendo un lugar melancólico, de desahogo. Pájaros que visten con sus cantos todos los rincones de mi alma. Alzo la vista. Dichoso horizonte.
Martes. Noche de tormenta. Las gotas caen a plomo, sin cesar. Oscuridad. Permanezco quieto, arropado sin temor. Pasan las horas, nada ha cambiado. El incesante ruido empieza a molestarme, a ser impertinente. No hay luz. Salgo de la cama, pero mi visión es nula. Podría tropezar con cualquier cosa… Un rayo. Un instante. Entre las rendijas de la persiana. Sí. Otra vez. El horizonte.
Miércoles. ¿Sólo me queda la resignación? Me asombra la debilidad del hombre. El ser incapaz de luchar. ¿Soy el único que ve lo que estoy viendo? No oigo vuestra respuesta. Hacédmelo saber. Sí. Quiero saber qué proporción de locura y cordura poseo. La mar, con sus impulsos diarios, olas, acercándose a la orilla… ¿Por qué debe haber siempre un retroceso? Ahí. En el horizonte.
Jueves. Me he enamorado de algo incorpóreo. La mar. La cojo, pero se me escapa de las manos una y otra vez. Frescura, alivio cuando la noto… Desesperación en su ausencia. Presencia, ausencia. ¿Realmente vale la pena? Lo desconozco. Extraño mundo el que me rodea. No soy nada para él. No soy nada para nadie. Minimizado me siento al notar esta fuerza inalcanzable… El horizonte.
Viernes. Caminando en línea recta, como si fuese a una gran fiesta… me río de mí, sarcasmo. Ganas de llorar, me hundo. Intentando cerrar heridas. ¿Quién tiene el antídoto? Dímelo tú. Y sigo pisando cristales cortantes, punzantes. Cristales que agudizan el dolor… el rastro de mi amada que se borra casi con total seguridad. Soy un simple adolescente, muriendo. Por el horizonte.
Sábado. Desaparecen los agudos sonidos penetrantes. La razón ya convivía con eso. Desaparece también ese paraíso. Sí. Un paraíso en el que un romance era posible. ¿Un sueño quizás? Diciendo de este modo un último adiós… quedándose un amargo sabor. Cuando se intenta beber de mi amada, la mar. Una mar salada. Amargo, pero dulce a la vez… me estoy ahogando en ti.
Carlos Sánchez

Retornos. Concesiones. Literatura. Actualidad (FELICIDAD).

Doy la bienvenida a todos a mi nuevo blog, para algunos seguro que sorpresa, para otros no tanto, y para mi una nueva oportunidad de cabalgar de nuevo entre letras, literatos y literatura que tan feliz me hizo en su día. Así que podríamos titular esta entrada como ‘El Retorno’, aunque en realidad quién ya me conoce sabe que nunca me he ido.

(APLAUSOS)

Empiezo. Hace apenas 48 horas, la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, le comunicó vía telefónica al gran José Luis Sampedro la concesión del Premio Nacional de las Letras. Un poco más y le avisa por Whats App. Bravo. Se lo merece por la gran labor durante tantos años, ha sabido convertir en oficio digno ser narrador, mezclando literatura con sus inquietudes políticas. Bravo. Bravo. Bravo. Ahí va mi pregunta. Este tipo de concesiones (vale, premios) ¿por qué esperan tanto en darlos? Va a cumplir 95 años, con la conciencia tranquila, sin dejar rastros inequívocos; se marcha con el Premio bajo el brazo y nos deja su obra (gracias a dios). La motivación es necesaria, en todos los oficios, y estoy seguro que al gran (y no me canso de decirlo) José Luis Sampedro le hubiera proporcionado más grados de felicidad si hubiera obtenido este Premio Nacional de las Letras mucho antes. Es perfecto que se premie la literatura (APLAUSOS), pero creo que a veces nos acordamos tarde de la vida y obra de algunos literatos.

Disfrute del éxito y ojalá de los que puedan venir señor Sampedro, almenos disfrute de esa felicidad que le ha aportado su literatura.

Viva en paz.