LOS SUEÑOS SE CUMPLEN HASTA QUE SE ROMPEN

Desperté en el escritorio de mi buhardilla, entre mis apuntes sin sentido y cientos de retales de periódicos desorganizados. La luz, desbordada entre las rendijas de la persiana, pedía a gritos libertad. Creo que yo también necesitaba ser libre. Necesitaba una varita mágica y reordenar todos los datos que había podido recopilar hasta ese momento. Sin embargo, necesitaba calma. Subí la persiana y la luz me aplastó la mirada. Abrí la ventana y salí al balcón a tientas. Pude sentir los cuarenta grados de temperatura en mis pies descalzos. Pude sentir como ardía mi cuerpo. Abrí los ojos y pude ver el mar. No podía fijarme en nada más. Sólo en el vaivén eterno. Perdí la mirada y me olvidé de todo lo demás, hasta que una avioneta sobrevoló el mar de mi querida La Cala del Moral. Era una avioneta amarilla y llevaba amarrada una pancarta enorme en la que se podía leer Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola. Y de repente desapareció, como si de un fantasma se tratase.

Me quedé a solas con mi pensamiento y caí enseguida. Entré en la buhardilla de un salto y en un santiamén puse toda la documentación en mi carpeta de la universidad. Cogí una mochila, puse la carpeta, el portátil y el libro Periodismo en el exilio y bajé las escaleras saltándolas de tres en tres. Me puse unos vaqueros rotos, la mejor camisa hawaiana que encontré y salí de casa. Mientras caminaba hacia la parada de bus, marqué el teléfono de mi madre con una rabia contenida que hasta a mí me impresionó. Hacía cinco años que no hablaba con ella, desde que me fui de casa con una mochila cargada de ilusión a mis dieciséis. Subí al autobús dirección Málaga temblando, con el móvil en la mano sin darle a la tecla llamada aún. Nunca había querido retomar el contacto con ella.

Durante esos años ella había intentado por todos los medios posibles contactar conmigo, pero no lo consiguió. Mi odio hacia mi madre recalaba principalmente en que mi padre murió cuando yo tenía doce años y justo al año siguiente entró John en casa. John era un empresario americano que tenía negocios en Abu Dhabi, era multimillonario vaya. Empecé a discutir con mi madre, y después también discutía con John. Era un horror de vida. La situación me obligó a encerrarme en mi habitación y me inventaba historias de aventura en los que los protagonistas eran mi padre y yo. Solían ser historias rocambolescas con un triste final. Cuando cumplí quince años, decidí dejar atrás tristezas para escribir realidades. Salía a la calle, paseaba por las calles de Pedregalejo, la urbanización malagueña donde nos habíamos mudado, y escribía todo cuanto veían mis ojos. Recuerdo que plasmé en papel historias de amor, de dolor. Recuerdo que escribí sobre los niños pijos y sus fantasías.

Tenía ante mí un abanico inmenso de historias y yo sólo las escribía. Hasta que escribí sobre un asesinato del que fui testigo. Después de darle mil vueltas, lo envié por correo a La opinión de Málaga. La crónica fue publicada, no sin antes ser retocada y bien documentada, al cabo de una semana. Y vinieron los interrogatorios. Y vinieron las amenazas. Y mi madre y John se hartaron de tanta histeria y me dieron la espalda. No hacía más que repetirle a mi madre la necesidad que tenía de contar cosas. Que era un don, una vocación y otras cosas que mi madre parecía no entender. Pero me abandonaron en mi habitación, en silencio. En vez de hundirme, todo lo ocurrido me hizo fuerte, me preparé la mochila con mis relatos y mis crónicas, ropa, y poco más y me planté en la cocina frente a mi madre y le dije sin más, que iba a cumplir mi sueño. Entre tanto llanto desesperado recuerdo su última frase, los sueños se cumplen hasta que se rompen. John en cambio, me puso mil euros en el bolsillo y un cheque de diez mil euros en la mochila. Y salí de casa para no volver nunca más.

Lo que vino después es sencillo de explicar. La familia de una amiga de La Cala del Moral me acogió durante dos años. Y en cuanto acabé el bachillerato me fui a Madrid, a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense. Mis primeros tres años estudiaba y colaboraba en varios periódicos. Aunque no lo hacía por dinero, nunca me faltó dinero en la cuenta, John ya se debía encargar de ello, pues recibía transferencias mensualmente. En mi último año en la facultad, me entregué al completo a la tesis. Fue mi profesora Sonia Garrido quien me proporcionó el tema. Debía analizar la historia del periodismo a través de la figura de un periodista llamado Álvaro Soldado. Después de mucho trabajo de documentación en Madrid, decidí alquilar durante dos o tres semanas un adosado en La Cala del Moral, muy cerca de donde había vivido años atrás. Ese lugar siempre me dio frescura, hogar y aliento cuando no lo tenía. Era lo que necesitaba para poner en orden mi tesis.

Pude trabajar a destajo, sin parar hasta redactar la tesis a la perfección paseando por los distintos paisajes que ofreció en vida Álvaro Soldado. Sin embargo, más allá de la tesis, había algo en la vida de Álvaro Soldado que se alejaba de la percepción del periodismo. Busqué en su autobiografía Periodismo en el exilio algo que pudiera iluminarme sin éxito. No obstante, el libro ofrecía señales luminosas, pero que yo no podía esclarecer, no lo entendía. Hasta el Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola.

 

—Siguiente parada, Pedregalejo. —Sonó por el altavoz.

 

Volviendo en sí con el aviso, llamé a mi madre.

 

—Mamá, llego a casa en diez minutos. —Colgué sin darle tiempo a réplica.

 

Bajé del autobús y rompí a llorar. Sólo había llorado cuando mi padre murió. Pero no pude contener mis lágrimas volviendo a casa con el libro que podía cambiarme la vida entre mis manos. Llegué a casa y la puerta estaba abierta, no me dio tiempo a saludar pues mi madre se lanzó sobre mí fundiéndose en un abrazo inconmensurable. Yo también necesitaba ese abrazo. Después del forcejeo emocional, le pregunté a mi madre si sabía algo de Álvaro Soldado. Y rompió a llorar.

 

— Es tu tío, Marcos. Álvaro Soldado es tu tío. Mi hermano. — Dijo mi madre con seguridad.

 

Lo mejor de Álvaro Soldado era cómo sentía su profesión y cómo nunca la traicionó. Lo mejor de Álvaro Soldado estaba dentro de mí, claro. Mi intuición me llevó a casa para escuchar el relato que aclaraba todas mis dudas. Escuché con atención la historia de mi tío Álvaro Soldado. La historia de mi tío Roberto Guardado realmente. De cómo fue machacado por la opinión pública cuarenta años atrás. De cómo fracasó en el punto más álgido de su carrera periodística, siendo el número uno.  Escuché cómo John, amigo de mi tío antes de conocer a mi madre le pagó una cara operación de cirugía estética para que viajara a Inglaterra y probara suerte de nuevo en el periodismo. Todos los éxitos que tuvo Soldado una vez en Inglaterra los tengo marcados en mi cabeza y en mi tesis. Fue un relato demoledor, con miles de preguntas por mi parte. Me enfadé muchísimo, quería haber sabido esta historia mucho antes. Supe que la debacle de mi tío como periodista en España tuvo que ver con Sonia Garrido con la que creí compartir ilusiones y esperanza para un nuevo periodismo.

Con el rostro serio y cansado abandoné la casa de mi madre, no le prometí que volvería. Ya en el autobús llamé a Sonia y le dije algo así cómo que me había defraudado como profesora, que no iba a entregar la tesis y que no esperara que volviera a la facultad, le dije algo así como que los sueños se cumplen hasta que se rompen.

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LA BECA

Mis queridísimos y no menos preciados compañeros del honrado y majestuoso Instituto Cervantes,

Nunca he entendido esto de las cartas de presentación. ¿De verdad son necesarias para calibrar las aptitudes de los aspirantes? ¿De verdad no creen que en tan sólo mil palabras podría confundiros con mis dotes de seducción literaria? Podría, es cierto. Pero al ser mi primera carta de presentación seré fiel a mis finales y no a mis principios y así, poder engalanaros con la verdad, y nada más que la verdad.

La verdad es que no necesito esa beca literaria. Ya no. Soy Product Manager (que bien suena) desde hace más de diez años en una empresa que distribuye fruta y verdura al por mayor. Hago deporte cada noche y me he acostumbrado a vivir en casa de mis padres, he llegado a soportarlo a mis cuarenta años. Como verán en el currículo, soy experto en iniciar proyectos pues los acabo posponiendo para más adelante. Filología Hispánica no llegó ni a proponerme por un instante el orgasmo intelectual y lo abandoné. No supieron sacar provecho de mí. Sin embargo, Periodismo empezó siendo muy sugerente, me atrapó sin duda alguna. Pero el destino me había deparado demasiadas trampas a mi corta edad y la apariencia, el sexo, el alcohol y las corrientes literarias de mi promoción (inexistentes, claro) acabaron por desembocarme en el más profundo de los abismos. En resumen, trabajaba demasiado para costearme gastos universitarios y sus apóstoles infernales y tuve que abandonar los estudios.

Por supuesto, en el párrafo anterior, nefasto y carente de expresión, he obviado ciertos datos que eliminarían cualquier oportunidad que tuviera de poder entrar en vuestro programa de becas. No necesitan saber con pelos y señales mis fracasos. Si creo oportuno que sepan, que soy guapo, inteligente, vivaz, que leo y escribo, que muerdo y que las únicas señales que me conmueven son las del corazón. Y señores y señoras (repique de tambores), el corazón me dice que soy escritor. Quítense la venda de las orejas y vean como les susurran mis palabras, todas y cada una de ellas. Lo de las orejas era para ver si estaban atentos. A lo que voy. Sí. Escribo, nunca dejé de hacerlo. Escribo desde que era un niño, un niño demasiado tímido para la edad que tenía y que no tenía más remedio que plasmar los sentimientos en un retazo de papel. Me hacía sentir bien, y además tenía un sentido coherente. Ahora en cambio, la frustración que siento es mayor, pues no soy para nada tímido (de hecho soy un sinvergüenza) y sigo escribiendo sin cesar. Me debería sentir un poco farsante.

Estoy escribiendo mi carta de presentación cuando realmente creo que he llegado a la inmadurez total de mi vida como escritor. Así que repito, no merezco ni necesito entrar en el programa para talentos literarios. Pero (con veintisiete ‘es’) quiero esa beca. Se ha convertido en un capricho queridos lectores. Estoy cansado de escribir humo espiritual, reescribir antiguos relatos y pisar cristales punzantes mientras lo hago. Harto de poetizar mi vida.  Harto relatar mis sentimientos, harto de leer relatos, cuentos, novelas de otros escritores y morirme de envidia. He decidido que se acabó, necesito un empujón. He estado rehuyendo a mi destino durante demasiado tiempo. Amo mi literatura y a todo aquello que lo rodea. Adoro a mis botellas de vino descorchadas en mis intentos enérgicos literarios. Adoro mis ceniceros desbordados. Me fascinan las palabras que fluyen de mis dedos como agua ligera que corre silenciosa por los riachuelos del monte perdido en lo más recóndito de mi alma. Toma ya. Me fascinan también la cantidad de versos que aunque carentes de significado los amo.

Aquí

Aquí

Aquí

Allá

 

¿Se van a perder la oportunidad de sentirse bien consigo mismos y regalarme la motivación que necesito para evolucionar y dejar de ser escritor para ser un gran escritor? Al fin y al cabo es una pura cuestión de amor mis queridos lectores. Es una cuestión de no ser rechazado ni menospreciado (recuerden la entradilla del principio). Amar todas y cada una de las esferas que envuelve a la literatura me hace digno, es lo único por lo que vivo y por lo que muero también. Dignifíquense ustedes hagan el favor y regálense el placer de sentirse puro y limpio por una vez.

 

Siempre vuestro,

 

El próximo Premio “Miguel de Cervantes”

 

 

P.D. Me encanta lo del siempre vuestro o siempre tuyo. ¡Qué tierno es el mundo de las letras! Por cierto, me han sobrado doscientas treinta y cinco palabras para engalanaros con mis dotes de seducción literaria.