DISFRAZAR EL SILENCIO

― Y para acabar el meeting queridos compañeros, me gustaría dar las gracias a mi familia por el apoyo que me ha brindado siempre y sobretodo por el calor y los ánimos en esta recta final de campaña electoral. Mi hija Dolores y mi preciosa esposa Almudena. Gracias de todo corazón.― Todos se pusieron a aplaudir, como si yo fuera un dios o algo así.

― ¡Y recordad la frase maldita! Pude votar a PUDE, no lo hice y ahora me arrepiento. ¡Por una España mejor! ¡Votad a Partido Ultra Derecha Español! ― Y la marea de gente con camisetas azul oscuro y banderitas a juego empezó a rozar la locura.

Bajé del estrado y me adentré en el tumulto de gente. Pude sentir como varios de mis compañeros me abrazaban y me apretujaban las manos. Empecé a sentir el bochorno y entre la visión borrosa que tenía ante mis ojos pude destacar la figura de mi esposa al fondo del pasillo improvisado que habían preparado en un santiamén. Seguí con mi sonrisa falsa entre cantos y vítores hasta poder llegar a mi esposa. Le dí un rápido beso en la mejilla, le cogí la mano, la alcé y se la ofrecí a todo el mundo en señal de victoria. De repente, los cantos con cierto sentido de minutos antes se convirtieron en puro ruido. Aclamaban la victoria del sector conservador, ellos sí que eran auténticos fieles al partido.

― Recuerda Almudena que tengo una reunión con un colaborador del partido y llegaré tarde a casa. ― Le dije con la mente ya abstraída.

― Claro, como siempre. No te preocupes. Yo tengo trabajo aún en el bufete, nos vemos en casa.― Así se despidió, con su alegría habitual.

Salí deprisa del Polideportivo de Pozuelo de Alarcón acompañado de mis dos agentes de seguridad, nos esperaba el coche en el parking colindante al recinto. Me dirigía a Madrid capital, a un sitio llamado Disfraza el silencio. Durante el trayecto me aflojé la corbata y las imágenes se acumulaban sin cesar en mi cabeza. El afán conservador del partido. El afán conservador de mi familia. Las normas en educación y protocolo que yo mismo había impuesto en casa. Y lo tentador que resultaba ir a disfrazar el silencio cada semana. Sexo con límites. El límite de la careta para que no te reconozcan ni poder reconocer con quien mantienes relaciones sexuales. Y el límite del silencio. No se podía hablar. Sólo conversar a base de caricias prohibidas. Ya llegábamos.

Era un laberinto para entrar y no ser visto por nadie, sin embargo el edificio estaba dotado por fuertes medidas de seguridad, así que no había problemas. Me puse la careta de Spiderman y unos vaqueros cómodos que tenía la taquilla de mi vestuario individual y subí a la séptima planta. Allí me iba a encontrar con Marilyn Monroe. Y así fue, igual que los últimos cuatro jueves.

 

 

 

 

Llegué a casa pasadas las diez de la noche. Almudena estaba sentada en el salón viendo las noticias. Le pregunté dónde estaba Dolores, y me dijo que había ido a buscar a su amiga Olivia. No me acababa de convencer esa amiga suya, un poco hippie. Además contrasta con la de empresas que tiene su padre, que por cierto no colabora con PUDE. Me prometí no pensar más esa noche sobre política, religión o nada que se le parezca.

― Cariño, ¿quieres darle fiesta a la sirvienta y te hago yo la cena esta noche? ― Pregunté con aire de querer arreglar las cosas.

― Hola, ¿quién eres? Y lo más importante, ¿qué has hecho con mi marido, sí, ese fantasma que se disfraza de político durante el día y ni me mira por la noche? ― Contestó con ironía.

Hice oídos sordos y seguí los pasos de mi vida ordenada. Exceptuando lo de hacer yo mismo la cena claro. Estaba cogiendo unos huevos de la nevera para hacer revuelto de setas cuando llegaron Dolores y Olivia. Dije un ¿cómo están ustedes? a la altura de las circunstancias y la voz de mi hija soltó un el sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo genial con la naturaleza. Desvié un segundo la mirada de los huevos, me giré por completo y observé cómo mi hija llevaba una careta de Marilyn Monroe. Se me cayeron los huevos al suelo.

― Papá que soy yo, Dolores. ¡Que ya estoy en casa! ― Dijo mi hija riéndose ante el estropicio que acababa de hacer.

Volví a darme la vuelta, cogí el mocho para fregar la mancha del suelo y vomité. Estaba temblando, retorciéndome y susurrando cómo pude hacerlo, cómo pude hacerlo con los ojos desorbitados cuando me reanimó la voz de Almudena.

― ¿Cómo pude hacerlo? ¿El qué? Román, ¿qué te pasa? Vamos al médico. ― Dijo Almudena realmente preocupada.

― No, no. Ya me incorporo. Ha sido un día durísimo y Marilyn Monroe me ha atacado el corazón.― Dije balbuceando.

― Papá, es para la fiesta de disfraces que has organizado para tu cumpleaños. Es mañana por cierto, y Olivia me lo ha prestado encantada. Seguro que a la cúpula de PUDE le encantará, con mi vestido especial para la ocasión con esa falda larga pero con ganas de ascensión. ― Le hubiera arreado un bofetón, pero no tuve fuerzas.

Reorganizamos la cocina y la limpiamos en silencio. Pedimos pizza. No podía quitarme de la cabeza a Marilyn Monroe. El sentimiento de culpa se expandía veloz por todas las partes tangibles de mi cuerpo. Y si había partes intangibles también. Estaba completamente seguro que había tenido relaciones sexuales con la mejor amiga de mi hija. Podía adivinar ese cuerpo entre esa ropa desaliñada. No podía soportarlo más.

― Me gustaría decir unas palabras ahora que estamos aquí todos los que me importáis de verdad. Espero me perdonéis, no es nada fácil para mí decir esto y seguramente desembocará en una discusión terrible. Lo que quiero decir es que no voy a disfrazar el silencio nunca más, vaya, que soy liberal.

 

Carlos Sánchez Mateos

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