Que la miscelánea te acompañe

Te hiciste mayor casi sin darte cuenta. Perdiste el norte antes de ir al sur. Te olvidaste quien eras, quien querías ser. Te olvidaste de tu nombre, y de tus apellidos. Los manchaste querido. Nunca fuiste prejuzgado. Ni castigado. Ni señalado. Nunca. Saliste victorioso de todas tus afrentas. Engordaste tu ego de falsedad. Malheriste a quien quisiste. Cambiaste el amor, si es que lo tenías, por vicios puntuales frecuentes. Confundiste los antihistamínicos. Del polvo naciste y en polvo te convertirás. También lo debiste confundir. Renaciste mil veces entre la mismísima mierda para volver a engañar a quien quisiste. Llegaste, viste y caíste. Te ensuciaste. Mucho. Fuiste perdonado. Absuelto. Tuviste la penúltima oportunidad. Tu vida incoherente e inconexa modificó la mía querido. El lastre que dejaste y las huellas teñidas de sangre aún se palpan en mi camino. El otro día leí que fotografiamos para olvidar, y es cierto, yo también escribo para olvidar y ya estás olvidado.

Que la miscelánea te acompañe.

Oxímoron olvidado

El calor sofocante le ocasionaba problemas en su comportamiento. El subconsciente a menudo ponía en peligro la existencia de lo ya conocido. El vacío acumulado había llegado ya a su límite. Los focos no hacían más que iluminar las partes más oscuras de su alma. La desesperación se relamía los labios, no esperó demasiado en actuar. La rabia contenida aullaba a ratos. La sociedad le señalaba sin cesar. Su núcleo familiar también, faltaría más. El insomnio se adueñaba de él una vez más. A tientas se arrastraba entre tanta suciedad. El tiempo se detuvo esperando la resolución. Señalado por la gracia de Dios. Mentira. Señalado por la gracia del corazón. Se subió al tren de la vida por enésima vez. Dejando atrás miserias. Olvidando romances en los alcantarillados. Resurgiendo del humo más letal para respirar aire puro y limpio.

Para olvidar los oximorons que nos acompañan a diario.

BUCÉFALA Y RIGOBERTO

Érase una vez y érase para siempre. Siempre esperas algo inesperado, aunque ya, lo inesperado sería tener que esperar. Érase la vida que se encontró en repetidas ocasiones sin aliento. Aunque no duró siempre. Resultó necesario y crucial el encuentro, de los dos extraños hasta la fecha, claro. Allá dónde se desorbitó la cantidad, se telefoneó a la calidad. Allá donde la tristeza se adueñó del lugar, vino al trote y al galope la felicidad. Allá dónde flotaban dos cuadrados, se formó un círculo perfecto: sin brechas, y curando heridas de otros tiempos. Allá dónde se fallaban los penaltis, ahora se marcan por la escuadra. Allá dónde se derramaban lágrimas por alguna batalla perdida, ahora se celebran grandes victorias.

Érase una vez, Bucéfala y Rigoberto, bicicletas con el distintivo de viajar juntos, y érase para siempre.