El sillón color Marrón Camel

Recuerdo el sillón color Marrón Camel donde esperaba a mi padre a que llegara de trabajar. Recuerdo que cabía perfectamente si encogía las piernas y colocaba las palmas de mis manos bajo mi cabeza, recostado. Recuerdo como se enfadaba mi madre cuando no le hacía caso alguno a sus indicaciones para ir a la cama. Recuerdo que quería esperarlo, en el sillón color Marrón Camel.

Recuerdo. El sillón. Color Marrón. Camellos bailando en el salón. No recuerdo nada más. Sueños.

Amanecía en la cama y no recuerdo cómo había ido del sillón a mi dormitorio. Recuerdo que me despertaba siempre con miedo. Intentaba no hacer ruido, pero encendía todas las luces habidas y por haber hasta llegar a la habitación de mis padres. Recuerdo como abría muy despacio la puerta y cómo dejaba de roncar mi padre de repente. Corría en silencio hasta el salón y de un salto me tumbaba en el sillón color Marrón Camel y me tapaba con la manta y cerraba los ojos y esperaba a mi padre.

Recuerdo. Hijo, a dormir a la cama, venga. Recuerdo sus dedos color Marrón Tabaco. Me recuerdo apagando las luces a hombros de mi padre con una sonrisa en mi boca. Recuerdo. Hijo, duerme, te quiero.

Y recuerdo cómo deseaba que pasara rápido el día para poder esperar a mi padre en el sillón color Marrón Camel.

colorcamel

 

Carlos Sánchez Mateos

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Cocina de autor

madalenas

Hoy de postre toca madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido.

Leí la nota que dejó mi padre en la nevera, y rompí a llorar. Justo ese día se cumplían cinco años de la muerte de mi madre y a mi padre se le ocurría soltar una gilipollez culinaria. Se había marchado antes que yo de casa porque tenía una entrevista de trabajo para entrar de chef en un importante restaurante con una estrella Michelín. Habían dejado de importarme las motivaciones de mi padre, las inquietudes de la cocina de autor y todo lo que conllevaban las críticas y el faranduleo. Sólo me interesaba sacarme la carrera de magisterio y poder llegar a fin de mes con mis trabajos como modelo, o con lo que fuere.

Salí a la calle con aires de diva, con mis gafas knockaround nuevas y mi paso elegante y firme, sin un ápice de sensibilidad en mis gestos. Me detuve en una de las panaderías que hay en la rambla Sant Antoni y entré con decisión a pedir un minibocadillo integral.

― ¿Qué le pongo?
― Mierda, me he quedado en blanco.
― No tengo todo el día chica.
― Madalenas, póngame madalenas, un par, por favor.

Salí a la calle de nuevo con la mente en blanco, como si tuviera un gran lago desértico en el fondo del cerebro. Se me había olvidado qué iba a pedir y me encontraba con dos madalenas recién hechas en la mano. Recordé las intenciones de mi padre en cuanto al postre se refiere y no pude comérmelas, las guardé en el bolso para tirarlas después. Mientras caminaba en busca del metro sonó mi móvil, era un mensaje de mi amiga Claudia.

― Winnie the Pooh se ha ido a buscar miel por el Bosque de las Cien Acres.
― ¡Qué diantres dices piva!
― Coño, pues eso, que no vengas que Winnie The Pooh hoy no viene a dar la clase, acabo de recibir una notificación en el mail.
― ¿Quién es Winnie The Pooh?
― ¿Me estás tomando el pelo? Le pusiste tú el mote al tierno y cariñoso profesor Cavallé.
― ¡Ah! ¿Sí? Alucino.
― Estás perdiendo la memoria o te estás haciendo la tonta. ¿Tomamos café?
― No, aprovecharé para hacer algo que tengo pendiente. Nos vemos.
― Nos vemos, estás rarísima Clara.

Di media vuelta y volví a casa cuando de repente mi lago desértico empezó a llenarse de imágenes y recuerdos de felicidad. La euforia se apoderó de mí y volví dando pequeños saltos de alegría, a trancas con el corazón sorteando los barrancos que surgían por doquier. Llamé a mi padre.

― Papá, os voy a preparar la mejor sorpresa del mundo, me siento muy feliz y sois los mejores padres del mundo. No tardes, os espero en casa. ¡Besitos acaramelados!

No dejé lugar a réplica, y me puse manos a la obra. Llegué a casa y con una energía desbocada dejé mis bártulos y complementos tirados en mi cama, me puse el delantal de flores de mi madre que estaba colgado en la galería y empecé a prepararlo todo. El ruido de la lavadora me molestaba y empecé a cantar siempre que vuelves a casa me pillas en la cocina embadurnada de harina con las manos en la masa de Joaquín Sabina. Seguí al pie de la letra una de las recetas que mi padre guardaba para ocasiones especiales y al cabo de dos horas tenía preparado un tartar de pepino con ostras, crema de calabaza y caviar secundado por salmón a la plancha relleno de Mascarpone y espárragos trigueros. No sabía qué hacer de postre cuando sonó mi móvil, era mi padre.

― ¿Clara?
― Papá no tardes, que mamá debe estar al llegar, está todo preparado.
― Hija, mamá…
― Mamá siempre te va a perdonar, siempre y cuando sigas siendo el mejor padre del mundo y traigas felicidad a casa. Así que deja a tus ayudantes que se encarguen este mediodía del restaurante, y ven con un ramo de rosas. ¡Me haré la sorprendida! ¡Besos acaramelados!

Le colgué. Tenía que preparar el postre, pero antes puse el cava en el congelador y entonces vi la receta estrella enganchada en la nevera, el postre que sería la guinda final a una gran experiencia gastronómica y de reconciliación. Iba a elaborar madalenas a la lavadora polvoreadas y enjabonadas con Mimosín a la suprema de algodón descolorido. Y me quedó de cine, un menú digno del mejor chef de Barcelona. Volvió a sonar el móvil, esta vez era un mensaje de mi padre.

― Clara, amor mío, estoy asustado por como te estás comportando hoy, aún no me han entrevistado, estoy esperando. En cuanto salga de aquí voy volando para casa. Ya sé que tal día como hoy murió mama. Nos levantaremos y comenzaremos de nuevo. Espérame, no tardaré.

Rompí a llorar, empecé a temblar. No sabía que ocurría, ni que hacía con un delantal de flores cuando yo nunca en mi vida había cocinado. Cientos de imágenes se esfumaron y los colores se fueron disipando hasta llegar a un gris tenue. El silencio me irritó y aún temblando puse en marcha la lavadora, su música me embriagó y por inercia me comí las madalenas con la esperanza de llenar de nuevo ese lago desértico, ahora trasladado al corazón.

Se cierra el telón

—Quizá es que no me quieres.
—Te quiero.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo siento. Lo noto.
—¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?
—Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en mi vida. Te quiero como nunca he querido a nadie, y como nunca podré querer. Te quiero más que a mí mismo. Por ti daría la vida, me dejaría despellejar vivo, permitiría que jugasen con mis ojos como si fuesen canicas. Que me tirasen a un mar de salfumán. Te quiero. Quiero cada pliegue de tu cuerpo. Me basta mirarte a los ojos para ser feliz. En tus pupilas me veo yo, pequeñito.
Ella mueve la cabeza, inquieta.
—¿Lo dices de verdad? Oh, Raúl, si supiese que me quieres de veras, que te puedo creer, que no te engañas sin saberlo y por lo tanto me engañas a mí… ¿De verdad me quieres?
—Sí. Te quiero como nadie ha sido capaz de querer nunca. Te querría aunque me rechazaras, aunque no quisieras ni verme. Te querría en silencio, a escondidas.
Esperaría que salieses del trabajo nada más que para verte de lejos. ¿Cómo es posible que dudes de que te quiero?
—¿Cómo quieres que no dude? ¿Qué prueba real tengo de que me quieres? Sí, tú dices que me quieres. Pero son palabras, y las palabras son convenciones. Yo sé que a ti te quiero mucho. Pero ¿cómo puedo tener la certeza de que tú me quieres a mí?
—Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? Mírame a los ojos. ¿Crees que podría engañarte? Me decepcionas.
—¿Te decepciono? No será mucho lo que me quieres si te decepcionas por tan poco. ¿Y todavía me preguntas por qué dudo de tu amor?
El hombre la mira a los ojos y le coge las manos.
—Te quiero. ¿Me oyes bien? Te quiero.
—Oh, «te quiero», «te quiero»… Es muy fácil decir «te quiero».
—¿Qué quieres que haga? ¿Que me mate para demostrártelo?
—No seas melodramático. No me gusta nada ese tono. Pierdes la paciencia enseguida. Si me quisieras de verdad no la perderías tan fácilmente.
—Yo no pierdo nada. Sólo te pregunto una cosa: ¿qué te demostraría que te quiero?
—No soy yo la que tiene que decirlo. Tiene que salir de ti. Las cosas no son tan fáciles como parecen. —Hace una pausa. Contempla a Raúl y suspira—. A lo mejor tendría que creerte.
—¡Pues claro que tienes que creerme!
—Pero ¿por qué? ¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad? Bien puede ser que te equivoques. No creo que vayas con mala fe. Creo que cuando dices que me quieres es porque lo crees. Pero ¿y si te equivocas? ¿Y si lo que sientes por mí no es amor sino afecto, o algo parecido? ¿Cómo sabes que es amor de verdad?
—Me aturdes.
—Perdona.
—Yo lo único que sé es que te quiero y tú me desconciertas con tus preguntas. Me hartas.
—Quizá es que no me quieres.

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Y se apagaron las luces del teatro. Y se cerró el telón y Raúl quedó pasmado en el proscenio mientras le agolpaban los aplausos del entregado público. No se dieron cuenta de que todavía estaba ahí, justo delante de ellos, sin poder mover un músculo de su cuerpo. Quedó exhausto y malherido. Seguramente si su pareja no fuera la actriz protagonista no sería tan duro. Tampoco sería tan real, claro.

 

Raúl volvió al escenario antes de que encendieran las luces de nuevo. Cuando entró vio como sus compañeros se abrazaban eufóricos. Todos estaban completamente satisfechos con el trabajo hecho y felicitaban sin parar a Maite. Había estado espectacular. Pasan los segundos y nadie felicitaba a Raúl. Al verse en la más absoluta de las soledades empezó a sentir una ansiedad que nunca antes había notado.

 

—¡Raúl! — Gritó el director de la obra totalmente entusiasmado mientras se acercaba a Daniel.

 

El director le dio la enhorabuena poniéndose de rodillas. Le pareció una actuación fantástica. Lo que no sabía, es que esa noche no había actuado. Raúl se había hartado de tanta parafernalia, de tanto amor y de tantos ‘te quiero’. El joven actor se disculpó con una media sonrisa en la cara y se fue a beber agua. No quería beber agua, quería ahogarse a base de bourbon.

 

—Cariño, prepárate que ahora salimos a saludar. Estuviste genial. Te quiero Dani.

—Sí, enseguida. Tú estuviste de muerte. Todo el mundo te adora.

 

Ella le dio un beso que acabó de hundir a Raúl. Un beso sin ningún ápice de amor. Sin ternura, ni pasión. Un beso que contenía altas dosis de euforia y éxito. No fue un beso de película, vaya. Lo peor de todo, es que Raúl notó que no fue un beso fingido y le tambalearon las piernas. Se le estaba cayendo el teatro y el mundo abajo.

 

—Salimos ya chicos, que sepáis antes de salir a que nos juzguen, que para mí, habéis hecho mierda de la buena. Sois grandes, Maite, eres enorme. ¡Vamos allá! —

 

El director siempre decía unas palabras de agradecimientos a todo el equipo antes de salir a saludar. Y de nuevo Maite volvía a llevarse la gloria y Raúl la pena. Se abrió el telón y salieron todos en una oleada perfecta cogidos de la mano, levantando la cabeza y haciendo reverencias al unísono. Todos menos Raúl, que se quedó absorto, con la mirada totalmente perdida. De repente el público se puso en pie, todos los actores habían dado un paso atrás quedándose en un primer plano Maite y Raúl. Ambos se miraron un instante y ella devolvió los aplausos con una reverencia perfecta mientras Raúl seguía petrificado. Un compañero de la compañía se acercó y cogió del brazo a Raúl y lo arrastró al segundo plano quedándose Maite como única protagonista de la noche.

 

A Raúl le consumió la tristeza en apenas esos instantes. Él la quería, pero no podía demostrarlo. No sabía cómo ni de qué manera podía convencerla de su condición de enamorado. No quería decepcionarla. Raúl podía notar la luz que desprendía Maite, podía notarla porque él había oscurecido. El actor se adelantó al vestuario a recoger su ropa y sus cosas. Se excusó por no ir a la cena de celebración de rigor diciendo que no se encontraba bien. Maite ni se percató de su ausencia.

Entrando a casa en un arrebato de locura, Raúl cogió el móvil y llamó a su novia.

—Quizá es que no me quieres. —Dijo Raúl intercambiando los papeles.

—Te quiero. —Contestó Maite.

—Déjalo, da igual Maite. Disfruta de la cena, no te esperaré despierto. Pero que sepas, que yo a ti, sí te quiero. — Improvisó Raúl hurgando en lo más hondo se su corazón.

—Lo sé, buenas noches. — Dijo Maite poniendo punto final a ese acto.

 

Desde hacía un tiempo Raúl vivía obsesionado con el tema. La obra le había hecho pensar demasiado. Pensaba que no era lo suficientemente bueno para Maite. Pensaba que él no la quería. Aunque después llegaba a la conclusión de que la amaba con toda su alma. Pero esa noche, Raúl lo vio todo cristalino. Maite no iba a volar nunca jamás si él no desaparecía de su vida. Tenía que marcharse y poner fin. Eso iba augurar el éxito de Maite.

 

Cogió el tríptico de la obra de teatro ‘La fe’ y se hizo con un rotulador. Justo debajo del título de la obra, escribió:

 

No es nada fácil decir te quiero. Te quiero. Quizá es que no me quieres. Pero yo sí, por eso será la última vez que te lo diga. No exactamente por ti, sino por mí, necesito saber hasta que punto te quiero, si es que realmente te quiero. Te quiero.

 

Maite volvió de madrugada, vio la nota en el suelo manchada de sangre y el cuerpo de Raúl colgando del techo. Gritó desgarrándose las cuerdas vocales. Gritó desesperada durante muchos minutos. Con la voz entrecortada y exhausta susurró un te quiero y se quedó esperando desconsolada que se cerrara el telón.

 

Carlos Sánchez Mateos

(El primer fragmento es un relato de Quim Monzó, titulado “La fe”.)

LOS SUEÑOS SE CUMPLEN HASTA QUE SE ROMPEN

Desperté en el escritorio de mi buhardilla, entre mis apuntes sin sentido y cientos de retales de periódicos desorganizados. La luz, desbordada entre las rendijas de la persiana, pedía a gritos libertad. Creo que yo también necesitaba ser libre. Necesitaba una varita mágica y reordenar todos los datos que había podido recopilar hasta ese momento. Sin embargo, necesitaba calma. Subí la persiana y la luz me aplastó la mirada. Abrí la ventana y salí al balcón a tientas. Pude sentir los cuarenta grados de temperatura en mis pies descalzos. Pude sentir como ardía mi cuerpo. Abrí los ojos y pude ver el mar. No podía fijarme en nada más. Sólo en el vaivén eterno. Perdí la mirada y me olvidé de todo lo demás, hasta que una avioneta sobrevoló el mar de mi querida La Cala del Moral. Era una avioneta amarilla y llevaba amarrada una pancarta enorme en la que se podía leer Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola. Y de repente desapareció, como si de un fantasma se tratase.

Me quedé a solas con mi pensamiento y caí enseguida. Entré en la buhardilla de un salto y en un santiamén puse toda la documentación en mi carpeta de la universidad. Cogí una mochila, puse la carpeta, el portátil y el libro Periodismo en el exilio y bajé las escaleras saltándolas de tres en tres. Me puse unos vaqueros rotos, la mejor camisa hawaiana que encontré y salí de casa. Mientras caminaba hacia la parada de bus, marqué el teléfono de mi madre con una rabia contenida que hasta a mí me impresionó. Hacía cinco años que no hablaba con ella, desde que me fui de casa con una mochila cargada de ilusión a mis dieciséis. Subí al autobús dirección Málaga temblando, con el móvil en la mano sin darle a la tecla llamada aún. Nunca había querido retomar el contacto con ella.

Durante esos años ella había intentado por todos los medios posibles contactar conmigo, pero no lo consiguió. Mi odio hacia mi madre recalaba principalmente en que mi padre murió cuando yo tenía doce años y justo al año siguiente entró John en casa. John era un empresario americano que tenía negocios en Abu Dhabi, era multimillonario vaya. Empecé a discutir con mi madre, y después también discutía con John. Era un horror de vida. La situación me obligó a encerrarme en mi habitación y me inventaba historias de aventura en los que los protagonistas eran mi padre y yo. Solían ser historias rocambolescas con un triste final. Cuando cumplí quince años, decidí dejar atrás tristezas para escribir realidades. Salía a la calle, paseaba por las calles de Pedregalejo, la urbanización malagueña donde nos habíamos mudado, y escribía todo cuanto veían mis ojos. Recuerdo que plasmé en papel historias de amor, de dolor. Recuerdo que escribí sobre los niños pijos y sus fantasías.

Tenía ante mí un abanico inmenso de historias y yo sólo las escribía. Hasta que escribí sobre un asesinato del que fui testigo. Después de darle mil vueltas, lo envié por correo a La opinión de Málaga. La crónica fue publicada, no sin antes ser retocada y bien documentada, al cabo de una semana. Y vinieron los interrogatorios. Y vinieron las amenazas. Y mi madre y John se hartaron de tanta histeria y me dieron la espalda. No hacía más que repetirle a mi madre la necesidad que tenía de contar cosas. Que era un don, una vocación y otras cosas que mi madre parecía no entender. Pero me abandonaron en mi habitación, en silencio. En vez de hundirme, todo lo ocurrido me hizo fuerte, me preparé la mochila con mis relatos y mis crónicas, ropa, y poco más y me planté en la cocina frente a mi madre y le dije sin más, que iba a cumplir mi sueño. Entre tanto llanto desesperado recuerdo su última frase, los sueños se cumplen hasta que se rompen. John en cambio, me puso mil euros en el bolsillo y un cheque de diez mil euros en la mochila. Y salí de casa para no volver nunca más.

Lo que vino después es sencillo de explicar. La familia de una amiga de La Cala del Moral me acogió durante dos años. Y en cuanto acabé el bachillerato me fui a Madrid, a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense. Mis primeros tres años estudiaba y colaboraba en varios periódicos. Aunque no lo hacía por dinero, nunca me faltó dinero en la cuenta, John ya se debía encargar de ello, pues recibía transferencias mensualmente. En mi último año en la facultad, me entregué al completo a la tesis. Fue mi profesora Sonia Garrido quien me proporcionó el tema. Debía analizar la historia del periodismo a través de la figura de un periodista llamado Álvaro Soldado. Después de mucho trabajo de documentación en Madrid, decidí alquilar durante dos o tres semanas un adosado en La Cala del Moral, muy cerca de donde había vivido años atrás. Ese lugar siempre me dio frescura, hogar y aliento cuando no lo tenía. Era lo que necesitaba para poner en orden mi tesis.

Pude trabajar a destajo, sin parar hasta redactar la tesis a la perfección paseando por los distintos paisajes que ofreció en vida Álvaro Soldado. Sin embargo, más allá de la tesis, había algo en la vida de Álvaro Soldado que se alejaba de la percepción del periodismo. Busqué en su autobiografía Periodismo en el exilio algo que pudiera iluminarme sin éxito. No obstante, el libro ofrecía señales luminosas, pero que yo no podía esclarecer, no lo entendía. Hasta el Lo mejor está dentro de ti, Coca-Cola.

 

—Siguiente parada, Pedregalejo. —Sonó por el altavoz.

 

Volviendo en sí con el aviso, llamé a mi madre.

 

—Mamá, llego a casa en diez minutos. —Colgué sin darle tiempo a réplica.

 

Bajé del autobús y rompí a llorar. Sólo había llorado cuando mi padre murió. Pero no pude contener mis lágrimas volviendo a casa con el libro que podía cambiarme la vida entre mis manos. Llegué a casa y la puerta estaba abierta, no me dio tiempo a saludar pues mi madre se lanzó sobre mí fundiéndose en un abrazo inconmensurable. Yo también necesitaba ese abrazo. Después del forcejeo emocional, le pregunté a mi madre si sabía algo de Álvaro Soldado. Y rompió a llorar.

 

— Es tu tío, Marcos. Álvaro Soldado es tu tío. Mi hermano. — Dijo mi madre con seguridad.

 

Lo mejor de Álvaro Soldado era cómo sentía su profesión y cómo nunca la traicionó. Lo mejor de Álvaro Soldado estaba dentro de mí, claro. Mi intuición me llevó a casa para escuchar el relato que aclaraba todas mis dudas. Escuché con atención la historia de mi tío Álvaro Soldado. La historia de mi tío Roberto Guardado realmente. De cómo fue machacado por la opinión pública cuarenta años atrás. De cómo fracasó en el punto más álgido de su carrera periodística, siendo el número uno.  Escuché cómo John, amigo de mi tío antes de conocer a mi madre le pagó una cara operación de cirugía estética para que viajara a Inglaterra y probara suerte de nuevo en el periodismo. Todos los éxitos que tuvo Soldado una vez en Inglaterra los tengo marcados en mi cabeza y en mi tesis. Fue un relato demoledor, con miles de preguntas por mi parte. Me enfadé muchísimo, quería haber sabido esta historia mucho antes. Supe que la debacle de mi tío como periodista en España tuvo que ver con Sonia Garrido con la que creí compartir ilusiones y esperanza para un nuevo periodismo.

Con el rostro serio y cansado abandoné la casa de mi madre, no le prometí que volvería. Ya en el autobús llamé a Sonia y le dije algo así cómo que me había defraudado como profesora, que no iba a entregar la tesis y que no esperara que volviera a la facultad, le dije algo así como que los sueños se cumplen hasta que se rompen.

LAS SIGUEN PISANDO SIN CESAR

— Vístete y deprisa si es posible Roberto, tendríamos que llegar a los estudios de Ma Semaine à BX para montar los documentos y enviarlos a Madrid lo antes posible, saldrá en el telediario. —Dijo Sonia en tono profesional vestida con la toalla corporativa del NH Brussels Belgium. Se me escapó una sonrisa, que duró poco pues recibí en ese mismo instante en mi Blackberry  un e-mail de mi esposa diciéndome que me había preparado una sorpresa especial y sensual a mi vuelta esa misma noche. Mierda. Cómo iba a decirle que otra mujer me había devuelto las ganas de vivir, de amar, de follar y esas cosas que tanto necesitamos para seguir deambulando con paso más o menos firme por la alambrada de la vida. Mierda. — Por favor, no quiero repetírtelo, me gustaría llegar con tiempo al aeropuerto, ojalá tengamos suerte y podamos recuperar el equipaje. ­—Dijo Sonia con una nostalgia que no le había conocido hasta ese momento. — ¿No te han gustado los zapatos rojo pasión con tacón de infarto que te regalé en cuanto llegamos a Bruselas? —Dije con perspicacia, sabía que le encantaron y le iban a juego con sus labios carnosos y rojizos. ­— Puedes meterte la pasión por donde te quepa. —Sentenció con una sonrisa pícara.

Nos vestimos y dejamos el hotel bien temprano. Íbamos camino a los estudios con la cabeza erguida y los sentimientos a flor de piel. Yo era el presente del periodismo nacional y tenía justo al lado a una mujer de belleza inconmensurable con muchísimo talento y futuro. Había tenido muchas oportunidades de estar con otras mujeres. Me consideraban guapo, elegante y atractivo. Pero nunca había sido infiel. Sin embargo, mi matrimonio se había convertido en pura rutina y sólo mi profesión me proporcionaba el placer y la tranquilidad que tanto necesitaba. Hasta que conocí a Sonia y mis ojos volvieron a brillar. Fue como comprarse unos zapatos nuevos que se adaptan perfectamente a los defectos de los pies. De hecho, aproveché cuando compré la poca ropa que íbamos a necesitar para hacerme con unos botines de piel perfectos para aprovechar la ocasión. ¡Y qué ocasión! La de volver a sentirme vivo, recto y erecto. Sólo habían sido dos días repletos de trabajo y dos noches repletas de sexo. Lo necesitaba.

Acabamos el trabajo, montamos la crónica y nos fuimos en taxi al aeropuerto de Bruselas. Sonia hizo las gestiones pertinentes para recuperar el equipaje sin suerte, claro. Sólo pudimos recuperar los bártulos que nos permiten grabar, cámara, micrófono y un sinfín de cables. Menos mal que los compañeros de Ma Semaine à BX nos prestaron el material para poder trabajar. Tuvimos que compartir una maleta que compramos nada más aterrizar en la capital belga para sobrevivir en la selva mediática. Ya en el avión, le estuve dando vueltas al asunto. ¿Cómo iba a gestionar el contratiempo? No había ningún contratiempo pensé. Cosas que pasan y punto. Habría que afrontar los hechos y decirle toda la verdad a Rosalía en cuanto llegase a Madrid. Sí. Después de un par de horas largas me acomodé en asiento. — Abróchense los cinturones, vamos a iniciar el aterrizaje en Barajas, Madrid. — Me abroché el cinturón y desperté a Sonia, y miré por la ventana. Era una imagen que relataba una realidad aplastante. El zoom de la cámara se acercaba demasiado veloz. Las nubes bien aglutinadas amenazaban tormenta. — No será fácil. —Dije en voz alta. Sonia lanzó su mirada penetrante, ella sabía que estaba casado. Ni más ni menos que con Rosalía Sastre, directora de RTVE. Sabía que mi esposa era una de las personas con más poder en el organigrama de la empresa. Cambié de idea enseguida, el puzzle en mi cabeza carecía de solución, pero no podía jugarme el trabajo. ­—Lo mantendremos en secreto Sonia. —Dije con tono seco mientras empezaban a sudarme las manos. —Entonces, ¿todo lo que me dijiste en las últimas 48 horas es mentira? ¿No me deseas? ¿No llevas tiempo deseándome? ¿No lo dejarías todo por mí? Farsa, farsa y más farsa. —Respondió Sonia. Y ahí se quedó la cosa, no fui capaz de balbucear ni una sola palabra más. Ni de escuchar nada más. El propio silencio ya era demasiado tormento.

El avión aterrizó y Sonia se despidió de modo trágico, soltó un ‘hasta nunca’. No era consciente de que en tres días nos veríamos en la redacción. Intenté calmarme, estaba convencido de que Sonia callaría y lo superaría. Recogí el equipaje y el material y me dispuse a coger un taxi. ­—Gran Vía 27 por favor, lo más lento que pueda. — Le indiqué al taxista. —Por supuesto, señor Guardado ¿verdad? — Sí, claro, me conoció, ¿Quién no conocía a Roberto Guardado? Asentí con la cabeza al mismo tiempo que desviaba la mirada y así poder observar cómo nos acercábamos a Madrid. Llegamos a Gran Vía en media hora, y para mi sorpresa al bajar del taxi me encontré a mi mujer y a Sonia conversando airadamente en la acera del portal de mi casa. En ese momento pensé en volver a coger el taxi e irme lejos de Madrid, donde no pudieran encontrarme. El sentimiento de culpa empecé a notarlo a modo de puñetazos en el estómago. — ¡Roberto Guardado! — Reconocí la voz de mi mujer de inmediato, y ese tono en la voz no denotaba precisamente paz. Salí a su encuentro no sin antes notar como se clavaban multitud de ojos en mi persona. Crucé la calle y justo empezó a llover. La tormenta llegó en el mejor momento, pues los curiosos se fueron corriendo.

Resulta que Sonia se dirigió a mi casa para coger la documentación que se había olvidado en nuestra maleta, y de lo dolida que estaba le relató la historia a mi mujer. Creo que Sonia se llevó una bofetada de Rosalía pues tenía el labio marcado e hinchado. No supe donde meterme y pedí perdón sin cesar a ambas. Paró de llover de repente. Nos miramos los tres a la vez y Sonia dijo un ‘lo siento’ y se marchó con la cabeza erguida y con sus zapatos de tacón rojo pasión. Pisó una baldosa que le salpicó las piernas, se detuvo y se giró. Se descalzó y volvió. — Hijo de puta. — Soltó con lágrimas en la cara y me abofeteó. Se marchó y se evaporó entre las calles de Madrid. — Ya puedes buscar trabajo y un NH donde puedas follarte a quien te venga en gana, mi abogado contactará contigo. ­­—Resolvió Rosalía con esas palabras mi matrimonio y mi vida laboral. Me alejé con la cabeza bien alta, no le iba a faltar trabajo al periodista mejor valorado en España. Y sin darme cuenta ni pensar que atrás dejaba la única persona que me vio cuando era prácticamente invisible tropecé con la misma baldosa que cayó Sonia. Se me mojaron mis pies y, claro, mis botines de piel cambiaron de color, y rompí a llorar. Ahí, en ese mismo instante me di cuenta de cuánto había perdido. Me di cuenta cómo estaba dispuesto a pisar, una y otra vez hasta verme proclamado el mejor. El mejor amante, el mejor periodista. Pero nunca hasta entonces pensé en ser mejor persona. Me giré justo cuando Rosalía dio el portazo. Fue sin duda mi final.  Entendí muchas cosas al paso del tiempo, pero una de ellas y es la que intento siempre recordar con una sonrisa es que las baldosas mojan los pies de la gente en balde al pasar, pues las siguen pisando sin cesar.

 

Carlos Sánchez Mateos